Los otros

LOS MISTERIOS DESPIERTOS

“Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron”, pensó el hombre junto a la abertura que ofrecía a sus ojos un paisaje gris.

Eso parecía haber sucedido: estaban desvelados, que no es lo mismo que “develados” y por ese mínimo matiz de la semejanza que entraña una diferencia —siguió pensando el hombre— andan liberados, no se ocultan, no dormitan en la curiosidad de lo no respondido y se han puesto acuciantes, ansiosos, obsesivos.

Los misterios son como los laberintos. Más se busca la salida, más se envuelve el explorador en la trama. Los misterios quieren ser descubiertos porque esa es la finalidad de un misterio: desafiar a la imaginación, retar al poder especulativo de la mente, causar desasosiego en quien corre detrás de su seducción. Un misterio no develado es un misterio virgen, que pide a gritos un enamorado, un cónyuge que viva para él, un cazador.

Pero los cazadores de misterios fueron una especie en extinción, pensó el hombre, y no importó ni el porqué ni el para qué de nada. La inspiración que provoca descubrir lo oculto fue superada por la exposición de todo lo visible y lo tangible, como si ya no existiera el poder de imaginar y todo se redujera a ver. Lo que no se ve expuesto, no existe, por lo tanto no hay nada que averiguar sobre ello. Basta ver el poco respeto que se tuvo por el misterio de la vida, padre de todos los misterios. Y el misterio de la muerte fue tan fácil de producir que el hombre lo practicó todos los días sobre los demás, pensó el hombre.

Afuera, en el gris, aún llueven copos de ceniza, y los misterios de cómo sobrevivir están desvelados y alertas, igual que en el comienzo del tiempo.







MONOVITELINOS

A veces me convenzo de que soy un experimento.

No soy real, sino un experimento diseñado sobre la genética del alma. Un montón de expresiones diferentes, disímiles, incluso incompatibles entre sí, que han conseguido ocupar todas y al mismo tiempo, el mismo lugar en el espacio o sea, el único cuerpo que hay para ser compartido.

El fenómeno de multiplicidad se da en el alma. El alma es lo múltiple o son muchas que no cabían en otros cuerpos y decidieron turnarse para ocupar éste en un extraño pacto de convivencia.

Algunos le achacan la responsabilidad al escritor porque un escritor es un fabricante de seres y de lugares, pero un escritor escribe a sus personajes, no vive en sus mundos, no se muda a ellos, no anda por la vida siendo sus personajes de acuerdo a la necesidad que implemente la ocasión. La ficción no es la realidad.

Los analistas dirían que padezco un trastorno de personalidad múltiple. Alguien que no era analista también llevó el asunto por ahí, aunque solamente para molestarme. No lo consiguió, porque todos los gemelos gozamos de una inquebrantable solidez. No hay débiles de espíritu en el grupo a los que pueda lastimar una chicana o el menosprecio ajeno. Hemos asumido lo que somos: una banda en el que cada uno tiene una destreza.

También, alguien, riéndose, me dijo que yo debía ser un géminis (mi signo) con el ascendente en géminis, de modo que por lo menos era cuatro en vez de dos, superando a cualquier geminiano medio.

Me hizo reír semejante explicación, aunque mi gemelo el analítico prefirió que no hiciéramos la Carta Natal para corroborar la especie ya que al fantasioso lo había convencido esa hipótesis y estaba sonriendo.

El zen acepta con naturalidad las partes del todo. Es el sereno, el que ve con distancia cada cosa que pasa y a la que le dedica una palabra amable, un gesto compasivo, una mirada de haber aprendido casi todas las cosas. Habita en lo profundo y solamente se expresa si es necesario porque su filosofía escapa a la comprensión de las otras personas. Creo que es el más viejo de nosotros y por eso siempre sabe cuándo callar.

El guerrero ha aprendido a manejar su carácter explosivo de tanto sentarse junto al zen y escuchar al analítico. Es de armas tomar, de ahí su apodo y es, también, de poner el pecho a las balas. Enfrenta sin dudar la adversidad con la disposición de los valientes. A veces es salvaje y otras, estratega, aunque en eso siempre influye el analítico, con la mesura de su pensamiento y el equilibrio de sus aspiraciones.

El fantasioso nació para disfrutar. Es la emoción de lo breve. Lo cautivan los pequeños detalles de la vida y es el Sherlock Holmes de las minucias. Todo es maravilloso en sus ojos que buscan las mejores franquicias de la creación. Todo lo asombra, todo lo conmueve, todo lo alimenta.

Ninguno tiene un turno asignado para su aparición. Sólo nos manifestamos, espontáneamente, de acuerdo al ambiente y a la circunstancia. A veces hablamos todos juntos y otras, callamos todos juntos.

Yo soy el economista. Manejo las finanzas almáticas para que nadie tenga de menos ni de más y todos cumplan con los impuestos roles protagónicos cuando es requerido el aporte. Distribuyo a veces los trabajos y sé perfectamente cuando debo darle vacaciones al que las necesite.

Estamos impecablemente preparados para sobrevivir.




FUERA DE CONCURSO

El del asiento de al lado era un idiota.

Al principio me pareció inteligente, alguien con quien se podría dialogar en el largo viaje que teníamos por delante.

Yo había abordado el micro mucho antes que él, así que llevaba en ese asiento y con los que lo habían abordado conmigo, bastante tiempo ya, soportando y paliando los avatares que tiene todo viaje intenso.

Con algunos compañeros de travesía había intercambiado impresiones, porque un viaje de tal envergadura hace que los que marchan juntos, terminen compartiendo sus afinidades y sus desavenencias. Es parte del folklore de todo colectivo.

Yo ya tenía mi grupo, cuando el idiota se me sentó al lado.

Ya digo, en un error de apreciación, no lo vi tan idiota en un comienzo.

Quizás, si hubiera atendido con más prolijidad o escuchado con ella, al menos, algunos intercambios de este sujeto que ahora estaba junto a mí, con otros compañeros de viaje de mi camada, habría advertido que era un imbécil, pero, para mi mal, soy de los que conceden ese necesario voto de fe a todo.

No porque pretendiera enseñarle nada, sino porque ya tenía experiencia en el trayecto, mientras él se situaba en esa extrema verborrea de esos que piensan que cuando ellos llegaron a un lugar, el mundo comienza a moverse por arte de magia, le dije algunas cosas para que rectificara alguna que otra idea errónea que tenía sobre cómo se desarrolla nuestro itinerario.

Maldigo la hora, porque el tipo no solo se enojó porque le dirigí la palabra para explicarle pormenores del viaje, sino que se despachó con toda su estupidez junta, entre lo insultante y lo irrisorio, de modo que, pasado el primer instante en que intenté aclarar alguna situación, entendí aquello que supe siempre: el que te insulta es porque tiene incapacidad de razonar.

Me mantuve callado pero él no. Y cuanto más me obstiné en mirar por la ventanilla, ignorándolo, más él prosperó en sus insultos y agresiones hasta que giré los ojos y le hablé. Le hablé como a alguien normal, sabiendo que de normal, no tenía nada. Pero no es cuestión de humillar al contrario que te insulta. Ya que te insulte lo humilla de por sí frente a tus ojos. Entonces ¿para qué incidir?

Ya debería, en base a mi experiencia, entender que el que me hablaba era un idiota, que no tenía otro recurso que el insulto, porque no conocía la sabiduría de los argumentos en una discusión ni estaba capacitado para discutir sin insultar.

Al cabo, opté por el silencio. Dije lo que tenía que decir y me dediqué a mirarme en el paisaje. Había mucho más que ver que la iracundia insulsa y arrogante de mi compañero de butaca.

Me dije, el viaje es largo y este tipo no sirve para hacerlo. En algún lado se bajará mientras yo sé que tengo que llegar hasta el final porque este es el viaje en el que creo.

Pero hay gente que no sabe perder un buen debate; tiene incapacidad de entender qué es un buen debate, así que el sujeto incómodo y victimista, decidió quejarse con alguna de las azafatas que solamente le contestó: “Cuánto lo lamento” y siguió con sus cosas.

Se cambió de butaca ¡menos mal! Ahora viaja solo.

Yo, por supuesto, sonreí. Estoy acostumbrado. Llevo años haciendo este camino y sé de memoria cada escollo que este viaje presenta y como los dolidos te acusan de verdugo, cuando son incapaces de abandonar la visión magnífica situada en la pelusa de sus ombligos regios.

Cuando el itinerario es la pasión, el viaje de por sí es el más difícil, porque defender aquello en lo que se cree frente a todos los que te obstaculizan el avance, se transforma en un desafío tanto para la fe como para la fuerza de los que aún pensamos que vale la pena cambiar algo.

Escribir no es soplar y hacer botellas.





EPANADIPLOICO

Las cosas no cambian. No hay intenciones de que cambien las cosas para bien. Siempre es más fácil mantenerlas igual, evitar los riesgos que implica el compromiso, seguir el río abajo porque no se precisa oponer resistencia al arrastre y solamente, dejarse bogar, entre cosas que no cambian.

Yo voy dejando cosas atrás aunque el arrastre y bogar no saquen ampollas y las dejo porque como decía un profesor mío de la facu, el que sabe trabaja y el que no sabe, “enseña” y enseña ocupando los lugares de los que realmente saben lo suficiente como para hacerlo, pero que, porque saben, están trabajando en vez de enseñar y, eligen -como elijo- dejar cosas atrás.

Enseñar algo, cuando se sabe algo de verdad, es una vocación. Transmitir los conocimientos es una vocación. Saber, inclusive, es una vocación, porque saber o dominar algo, es un hecho implícito a haberlo estudiado a fondo, conocido a fondo y haber desentrañado sus palabras difíciles, hasta saber que es una vocación.

Es evitar servirse de una excusa ya que es más sencillo que el río se lleve el barquito de los buenos propósitos en vez de ponernos cabezaduras intentando remontar la corriente para llegar al puerto prometido sin servirse de una excusa.

El puerto prometido nunca fue una opción para los que se lo prometieron a nuestro humilde modo; solamente está en nuestra imaginación de patrón de barco, que aprendió contra la corriente a alcanzar lo que nos proponemos, aunque sea a nuestro humilde modo.

A lo que se dijo y se creyó sobre navegar contra la corriente, está adherido el problema de la fidelidad con lo que se dijo y se creyó.

Terminó resultando otra falacia de las tantas a las que los que enfrentamos la corriente nos vamos acostumbrando y dejamos atrás, en esas orillas a las que no regresaremos para escuchar que aquello en que creemos termine resultando otra falacia.

Hemos entendido que no hay intención de que las cosas cambien para bien. 

Las cosas no cambian.






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