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LOS MISTERIOS DESPIERTOS

“Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron”, pensó el hombre junto a la abertura que ofrecía a sus ojos un paisaje gris.

Eso parecía haber sucedido: estaban desvelados, que no es lo mismo que “develados” y por ese mínimo matiz de la semejanza que entraña una diferencia —siguió pensando el hombre— andan liberados, no se ocultan, no dormitan en la curiosidad de lo no respondido y se han puesto acuciantes, ansiosos, obsesivos.

Los misterios son como los laberintos. Más se busca la salida, más se envuelve el explorador en la trama. Los misterios quieren ser descubiertos porque esa es la finalidad de un misterio: desafiar a la imaginación, retar al poder especulativo de la mente, causar desasosiego en quien corre detrás de su seducción. Un misterio no develado es un misterio virgen, que pide a gritos un enamorado, un cónyuge que viva para él, un cazador.

Pero los cazadores de misterios fueron una especie en extinción, pensó el hombre, y no importó ni el porqué ni el para qué de nada. La inspiración que provoca descubrir lo oculto fue superada por la exposición de todo lo visible y lo tangible, como si ya no existiera el poder de imaginar y todo se redujera a ver. Lo que no se ve expuesto, no existe, por lo tanto no hay nada que averiguar sobre ello. Basta ver el poco respeto que se tuvo por el misterio de la vida, padre de todos los misterios. Y el misterio de la muerte fue tan fácil de producir que el hombre lo practicó todos los días sobre los demás, pensó el hombre.

Afuera, en el gris, aún llueven copos de ceniza, y los misterios de cómo sobrevivir están desvelados y alertas, igual que en el comienzo del tiempo.


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