Rincón del laberinto




Cuando descubrí aquel lugar, destinado a guardar algo que nadie guardó nunca ahí, pensé que estaba a salvo; que si cabía en ese rincón vacío, polvoriento por inútil, en la parte baja del antiguo cristalero que mis abuelos donaron a mi madre, estaría a salvo.

Había aprendido a escuchar la tormenta. La reconocía en cosas invisibles, cuando apenas era un movimiento distinto en las hojas de la vida y una pesadumbre del aire, como una acumulación de relámpagos, guardados dentro de un globo.

En mi imaginación, aquellas tormentas estaban guardadas en un globo rojo al cual insuflaban, como purgando el espacio de la casa, ese viento ardiente que día a día quedaba atrapado entre las paredes de la convivencia, hasta que, ya imposible de ser contenido, hacía estallar el globo, liberando una atronadora rabia de relámpagos.

Cuando eso pasaba, me ocultaba en aquel lugar oscuro al que la luz no cedía esa tempestad que ocurría en ella. Cerraba desde adentro las puertas de madera y me quedaba en esa especie de caja vacía, encogido y mudo, en total oscuridad. Me cubría las orejas con las manos y metía la cabeza entre las rodillas. A veces, pasaba horas ahí. A veces, me dormía, porque lo que ocurría afuera, en la luz, no terminaba nunca.

Cuando estaba en ese espacio confinado y seguro, hablaba con mi hermana muerta. Solamente sabía que había muerto. Mi padres no hablaban de mi hermana.

Yo pensaba que ella también había encontrado ese reducto para aislarse y protegerse y que un día, de tanto estar ahí, había descubierto un pasaje secreto y había escapado así de la tormenta.

En mi infancia, busqué entre las maderas durante mucho tiempo ese pasaje pero yo no pude salir por él, como mi hermana. Me quedé con la tormenta.

Ya grande, coloqué un estante que dividiera aquel refugio y lo llené de libros.

Ahora estoy revolviendo ahí, buscando Elogio de la Sombra, de Borges. Quiero leerles a los chicos del Taller de Escritura: “Laberinto”.

“No habrá nunca una puerta”, me digo, burlón, “ya estás adentro”.

Me sé el primer verso de memoria.

Comentarios

  1. Qué bien que has vuelto. Me encantan tus escritos. Un abrazo grande. Gracias por recomendar Elogio de la sombra de Borges.

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    1. Terminé el primero de los módulos de la especialización así que tuve un poco más de tiempo. Igual nunca me fui, me dediqué un poco más al transtextual, que son cosas más mías que las de acá, que son del Taller de la Coope con los chicos.

      Un abrazo grande y gracias por leerme, Eli.

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  2. Qué gusto leerte de nuevo Simón. Me ha encantado este texto tan íntimo. Todos necesitaríamos un lugar así, para resguardarnos cuando no queremos ver a nadie ni estar con nadie.
    Un abrazo amigo.

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    1. Hola, amigo. Gracias por leer. Sí, son importantes esos lugarcitos donde uno se puede sentir a salvo, lejos de los problemas y de las angustias.
      Viene bien de vez en cuando meterse en el rinconcito.
      Un abrazo grande.

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  3. SIMON
    Echaba mucho de menos tu manera de escribir Simón.
    Qu´bien nos has contado que los libros, en cierto modo, son nuestra salvación… frente a la ignorancia, frente a las tormentas, frente a la soledad, frente al laberinto de la vida.
    La magnífica frase final, broche de oro a esta maravilla que has escrito.

    Un beso amigo Simón. Rebienvenido.

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    1. Hola, Isabel. Tampoco es que desaparecí, porque te pasé la dirección del otro blog donde estoy escribiendo cosas distintas a las de este, que es el del Taller de Escritura de la Cooperativa.
      El otro es más de mí mismo, de mí solo, tratando de hacer un trabajo transtextual con el autor de otro blog. Es un trabajo que nos propusimos para poder conocernos mejor, porque él siempre dice que "uno es lo que escribe".
      Lo que pasa es que también estoy haciendo una especialización, así que estuve tres meses con el primero de los módulos y ahora, a partir del 15 empieza el segundo. Donde se desarrolla no nos permiten usar internet y tenemos franco cada 15 días, así que tampoco puedo estar demasiado en la Red, porque tengo muchas horas de viaje hasta mi casa y cuando llego, duermo todo lo que no puedo dormir en el curso.

      Qué bueno que te haya gustado, amiga.

      Un abrazo grande.

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  4. “He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos”.

    Thomas De Kempis (1380-1471) Teólogo alemán.

    Los libros y los rincones en los que los guardamos son pequeños oasis en medio de la soledad, la tristeza o la desolación. Sin ellos, creo firmemente que mi vida estaría algo vacía.
    Algo me dice que así lo sientes tú también, Simón :)
    Un abrazo!

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  5. Siempre es bueno tener un lugar donde esconderse de uno mismo.

    Buen texto, Simón!

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