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Mostrando entradas de noviembre, 2017

Guardia nocturna

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Ese silencio que quedaba entre nosotros se escapaba a pie de nuestro lado, cojo y casi epiléptico, apoyado en el aire que no temblaba más y en el estruendo que no cesaba nunca.
El silencio se escapaba de nuestra poca fe para los rezos y repetía una vocal atónita, justiciera del polvo, entre relámpagos. La vida parecía una tormenta hecha con monumentos destruidos.

Frente al monitor y superada la primera intransigencia de la angustia, evocaba el momento. Se centraba en los ojos del niño y trataba de descifrar esa mirada última.

Los ojos del niño ante la luz de rescate, eran dos escarabajos que, intentando beber, habían caído en un tazón de chocolate rancio y emergían de él, amarronados, luchadores, lácteos y lentamente se iban endureciendo de desesperación por ese no poder desplegar sus alas, ya pastosas.

Los ojos del niño se endurecían como pequeñas piedras desesperadas y se petrificaban más y más en ese amorfo chocolate amargo que subyace en el fondo de la vida cuando la vida ocurre en…

Democracia participativa

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Estamos todos sentados alrededor de la mesa, como siempre. Los chicos y yo. Aunque en la Coope tenemos una de esas de tablón largo disponible para nosotros, yo preferí comprarle al Viejo Aquiles, el hombre de Pasión por los Trastos (así bautizó a su patio de compraventa de cachivaches inútiles) una mesa redonda.
El Correntino Leiva puso el grito en el cielo cuando nos vio entrarla al galpón.
Le dije que la había pagado yo, que no usaba fondos “públicos” y otras cosas así, para que se quedara tranca y dejara de darme la lata con el tema de que mesas ya hay y tenemos que usar el dinero para cosas más urgentes y que para qué una redonda, que ocupan mucho espacio y son medio inútiles para todo porque encima no se pueden desmontar.
Y coronó con: “Está destartalada, no desmontada. Por eso la pudieron traer desarmada ustedes”.
Decía la verdad.
El Viejo Aquiles había separado el cuadro con las patas del tablón de machimbre de pino, ensamblado y sin lustre, apenas sujeto por algunas maderas…

El pájaro en la ciénaga

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Nadie se casa con su ángel de la guarda.

Ella creció como una ciudadela sin fundador. Creció al borde del agua, donde el arroyo, a veces, se come la ribera y produce que se desmoronen, hacia los remansos, las casillas precarias.
Tiene ese olor salado del tumulto y ese color de vasija sin horno y sin esmalte, esperando siempre engalanarse con colores brillantes que no llegan. Es pálida como una tiza gris y por momentos parece transparente, “como piel de axolote”, dice el Chino.
Él sabe cómo es un axolote porque, hace un tiempo, a su vieja se le había ocurrido tener una mascota y compró eso en una veterinaria del centro. Le habrá parecido original que una “bruja” tuviera un bicho exótico que nadie sabía qué era. Lo exhibía en el fondo de una pecera, como si fuera una forma de gelatina sin sabor que de tanto en tanto se movía.
Pese a que el Chino dice eso de la piel transparente, yo prefiero imaginarla como de papel de arroz o tersura de geisha. Para mí, Naiara es como un ánfora de cuel…