Cristales de sal

Cuando Muñoz me llamó por teléfono yo acababa de abrir un paquete de sal gruesa y me había puesto un puñadito en la palma de la mano para salar el arroz.

Uno hace muchas cosas mecánicamente. No se fija. No tiene en cuenta los detalles pequeños, como la forma de la sal gruesa en el medio de la palma. No se detiene en esos materiales de la vida que constituyen lo diario de una construcción monumental en la que todo coexiste sin que necesite de nuestra mirada.

¿Por qué uno debería detenerse en esos fragmentos de estructura vívida que pueden ser los cristales de sal en la mano que quiere salar el arroz o el movimiento de las hojas del malvón, cuando les cae una gota de lluvia? ¿Por qué uno tendría que detenerse en el gorrión que disimuladamente espera las miguitas del pan que se desmiguen del sándwich o en el sonido que hace una hilacha de viento atravesando la hendija que deja la puerta de mala calidad contra el marco que la contiene?

No sé si las otras personas se entretienen en ese tipo de cosas o esas cosas los distraen, les roban un instante o se lo ceden. Yo pienso que la vida con sus detalles nos va cediendo instantes de vivencia, de explicación de sí misma y de cómo se forma de  verdad la realidad que nos rodea. La vida es un ensamble de piezas diminutas, de minucias que ocurren y coexisten en la sumatoria de porciones, desapercibidas hasta el momento en que se vuelven un gran detalle. Como lo granos de sal en la palma de mi mano salan el arroz que se incorporará al salteado de riñones y verduras, constituyendo el alimento preferido de Apolonio.

Muñoz cortó la llamada porque no lo atendí. Yo estaba pensando en ese formato que va desde lo más nimio a lo más complejo.

El celular sonó de nuevo. Leí Taiguer Uan. Me pareció que tener puesto ese nombre para Muñoz en la agenda de contactos sonaba como el de un guerrero de dibujito manga.

Lo había anotado él, para que si te lo birlan no sepan que soy yo, me explicó. En el suyo escribió Taiguer Jun, por junior, también me explicó. Pasamos a ser dos personajes del mismo comic de espadachines manga.

Después de que hizo eso, en el café ese dónde iba siempre y donde después siempre nos citábamos, me dijo que esperara su llamado. Vos esperá mi llamado… que te tengo un asunto justo para vos que sos tan pero tan detallista, me soltó, café por medio y después de hablar un rato sobre mi viejo y cuánto Muñoz lo extrañaba.

La Macabra había visto el celular un día en que yo lo dejé cargando sobre la mesada de la cocina.

—¿Tenés dos celus, Santu? —quiso saber.

No le podía decir que no, porque estaba cargando los dos sobre la mesada, así que le dije que sí.

—¿Uno para tus minitas y otro para todos los demás?

Lo dijo sin reírse y me sonó como que me reprochaba su propio pensamiento.

—No tengo minitas. —protesté. Después pensé que cuando uno vive solo se olvida de cuidar los detalles y que son los detalles los que cambian las ópticas de muchas cosas que pasan.

Por eso dije “no tengo minitas”, en vez de decirle solamente que no. Porque a ella le iba la respuesta con minitas, que era lo que de verdad quería saber.

Le dije, también, que era del laburo por si me afanaban el que uso siempre. No le mentí del todo; lo de laburo era cierto y lo de que me afanaran el que siempre llevo encima, estaba entre el top five de posibilidades.

—Revisalo, si querés.

El voto de confianza que le puse, le corrió el eje de la desconfianza y la hizo reír.

Me pareció ingenua aun sabiendo que ingenuo e inocente no son la misma cosa y que Naiara tiene un punto inocente en la cantidad de detalles que conforman su estructura emocional. No es una inocencia ambigua de esas que se acercan a la estupidez. Es una inocencia conservada como algo guardado en un sagrario y que se saca en ocasiones muy personales, muy litúrgicas.

Alguna vez le dije al Chinito: “¡Es más buena La Macabra!” y él no supo qué contestarme, porque para todos los demás, además de ser bardera, es un arma de doble filo, porque pertenece al otro lado del barrio y además, es Babaya, haga lo que haga por pasarse de bando.

Taiguer Uan llamó por tercera vez y yo me imaginé que me estaba puteando en japonés cuando le dije hola.

—Te espero ahí.


No dijo nada más y yo me quedé con el celular en la oreja, esperando que hablara ese Taiguer Uan que nunca habló más de tres palabras por teléfono, después de aquella primera vez.





Glosario:

Celular: teléfono móvil.

Celus: teléfonos celulares, móviles.

Birlar: sustraer algo.

Minita: mujercita.

Afanaban: robaban.

Bardera: que busca líos, que provoca problemas.

Comentarios

  1. Me encanta la filosofía de las cosas pequeñas, de lo cotidiano y más, como en este texto, cuando están dichas poéticamente. Con la simplicidad y la belleza de lo de todos los días. Es bueno detenerse, como vos lo hiciste, en ese puñado de sal y romper con los gestos rutinarios.
    Me gustó mucho mucho porque saliste más del lenguaje coloquial y lo dejaste para los diálogos. Y tampoco te fuiste a uno literario y acartonado, te quedaste en un justo equilibrio.
    Como observación, me pareció que en la primera parte usaste mucho el diminutivo (puñadito, chiquitos, pedacitos...) y hay bastante repetición de la palabra detalle/s.
    Un placer de lectura, Simón.
    Te dejo un abrazo grandote.

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    1. Hola amiga!! Antes que nada, agradecerte que me sigas leyendo y que me sigas aconsejando. Ya arreglé lo que me decías. Creo que quedó mejor o es la ilusión que me hago.
      Lo del coloquial que me decís trato de manejarlo, amiga, como para que no suene que hablo en clave, jajajajaja.
      Yo soy muy de la cosa de todos los días. Me fijo en los detalles (aunque no se note mucho cuando escribo...)
      También te mando un abrazo bien grande, Mirella.

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  2. Coincido totalmente con Mirella en que has sabido expresar estupendamente esa filosofía de lo pequeño, de lo aparentemente menos importante. Me parece que este relato tiene un arranque muy bueno que invita a seguir leyendo, los cristales de sal vistos desde la perspectiva artística de la belleza dejan una imagen para el recuerdo.
    Me gusta también el tono autóctono y personal de la narración y los diálogos.
    Un abrazo, Simón.

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    1. Hola Sofía!! Gracias por venir a leer. Intento reflejar la realidad de la manera más creíble posible, así que escribo sobre todo lo que conozco bien, por lo menos por ahora, en que estoy intentando afianzarme en esto.
      Sigo los consejos que me dan porque me ayudan a ver cosas que a mí se me escapan y además, porque mi deseo es escribir bien, no para publicar libros ni hacerme famoso, sino por un reto personal, pongamoslé.
      Un abrazo grande!!

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  3. Le voy a decir lo que le pasa a usted, señor Simón, y es que tiene mirada de escritor, para escribir bien hay primero que saber mirar, por eso te fijas en los detalles chicos como los cristales de sal o el punto verde al fondo de los ojos de Naiara, y su especial punto de inocencia sagrada. Sabes contar con la misma profunda intención desde lo más nimio a lo más complejo.
    De acuerdo con Mirella en que creo que hay un exceso de diminutivos en el texto, ya tienen la suficiente sensibilidad, humanidad y ternura para minimizarlo con un cargamento de “itos”
    Sobre el uso del habla más coloquial, me parece un acierto que no abuses de él en la parte narrativa, y que sin embargo te explayes en los diálogos, suenan naturales en la boca de tus personajes (personajes reales en tu vida, por lo que has contado), así que de nuevo, tu faceta observadora, casi de oteador nato puesta al servicio de la narrativa.
    En fin Simón, que es todo un placer leerte y un privilegio tenerte como compañero pues, además de disfrutar, aprendo mucho.

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    1. Hola Tara!! Gracias por leerme! Voy a repasar de nuevo los diminutivos. Ya había suprimido unos cuantos ¡ imaginate cuantos habría! jajajaja. Los voy a volver a repasar si todavía te pareció que eran muchos, así me queda bien.
      Qué bueno es saber que no te aburrís leyéndome y que consideres que tengo mirada de escritor. Es todo un piropo de tu parte, amiga!!
      Un abrazo grande!!

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    2. Bueno Simón... guardé tu relato recién publicado en formato Word para poder comentártelo cuando tuviese tiempo, seguramente es la primera versión.

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    3. De cualquier manera me sirvió para darle otro repaso y corregir alguna cosa más, Tara.
      Muchas gracias!!

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  4. Hola Simón,
    Estoy de acuerdo con los comentarios anteriores, :)
    Los pequeños detalles hacen grande al hombre, esas minúsculas pinceladas que suceden al día al día, quedan en la memoria de uno convirtiéndose en recuerdos duraderos.
    Con la naturalidad con la que escribes, el lector percibe sencillez y familiaridad.

    Un fuerte abrazo.

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    1. Hola Irene!! Qué bueno que lo veas así, amiga. Yo creo que detenerse en lo pequeño es muy importante porque si no, tres cuartas partes de la vida pasan desapercibidas y lo que es peor todavía, sin ser disfrutadas o comprendidas.
      Un abrazo grande y agradecido por tu lectura.

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  5. Hola Simón!

    Esto de la mirada extrañada es lo que nos decían los formalistas rusos con Víctor Shklovski a la cabeza.
    En la actualidad, algunos autores lo llaman "punto de fuga": es el lugar por donde la historia discurre, como un arroyo que va y viene y cruza la ruta dos o tres veces (como el arroyo Malacara, que tiene tres carteles con su nombre en la ruta 55 que une Balcarce con Necochea)

    Es cierto lo que dicen los comentarios anteriores: siempre es un placer leerte.

    ¡Salud!

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    1. Hola Fer!! Es muy interesante esa visión de los puntos de fuga. Seguramente algo de eso hay porque creo que una historia se arma con muchas secuencias de un lado y del otro del personaje: su yo íntimo y su relación con el exterior. Casi como las personas se arman con lo mismo.
      Gracias por la lectura.
      Un abrazo grande, amigo!!

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  6. Esta entrada me ha llamado muchisimo la atencion muy interesante

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    1. Hola amiga!! Qué bueno saberlo, Ana. Gracias por decírmelo.
      Un abrazo grande.

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