Portación de esencia

Es muy difícil ser “el hijo de”. Uno está atrapado en la portación del apellido, como si fuera un apéndice que cuando el dueño muere, queda como la cola de las lagartijas, suelto y moviéndose solo, desorientando al mundo.

Yo no sé si es que porto el apellido de mi viejo o el apellido me porta a mí. Me decido por la segunda. El apellido de mi viejo me porta a mí. Es como llevar una marca, aunque seamos dos personas diferentes que solamente se parecieron en algunas cosas.

A veces me siento atrapado en la cárcel que significa el apellido, como si viviera en un examen eterno que no consiguiera aprobar nunca por más que estudio y contesto todo bien. Parece que siempre hay que rendir más y que el diez es la nota más baja y todos se te quedan mirando “porque tu viejo lo hubiera hecho así”.

Hace tiempo que no visito a mi vieja.

No la visito porque me vuela la peluca con tantas estupideces que le termino contestando mal y no le quiero contestar mal porque en el fondo mi vieja es una buena mina y me bancó a su modo todo lo que pudo bancarme de acuerdo a ella. Cuando ya dejamos de bancarnos mutuamente fue que agarrré mis cosas y me fui. Pero ella no renuncia y se agarra el matriarcado y cada tanto me vuela los pelos con todos sus reclamos. Me hace sentir que se pone histérica y como yo me llevo mal con esas cosas, prefiero quedarme guardado y no ir a visitarla. La llamo por teléfono y si se empieza a poner pesada hago lo que hacen todos: se me va la señal, me quedo sin batería, o cosas así, de esas muy oportunas y muy salvadoras.

Yo no quiero que me digan como tengo que vivir. Quiero aprender a vivir desde la vida misma, desde mis experiencias cara a cara con la vida. No quiero apoyos, muletas, bastones, yo te lo arreglo. Quiero manejar mis tiempos y si tengo que rendir mal, rendiré mal hasta que entienda la materia y pueda dar cátedra, si es que eso se puede, como mi viejo, que parece que podía y por eso todo el mundo quiere verme en mi viejo en vez de verme en mí, que tengo algunas cosas de él pero muchas más, mías.

La verdad es que me cuesta ser hijo de mi viejo porque no soy mi viejo, soy yo. Y no soy mi viejo.
Muchos me dicen: “sos igual que tu viejo”. Muchos me dicen: “ tu viejo lo hubiera hecho así”.

El aprendizaje no es imitación. No es una fotocopia. Es saber. Saber las cosas uno, con sus criterios de uno mismo y aprendidas, pero no con los criteros de otro. Uno pone en práctica lo que aprendió, lo ejercita, uno, uno, ese uno que es lo uno, lo único de la unicidad, el número inicial de todo, porque cada vida es incial, no es la continuación de la vida de, con las cosas que hacía tal y así. Toda vida es una situación inicial, desde el uno que es uno y por supuesto, con lo que sabe, con lo que asimiló, con lo que aprendió, pero siempre desde ese uno que uno es.

Le explico todo esto a La Macabra que no sé donde guarda tanto llanto.

Ella es una Babaya que no es una Babaya. Que un día se cambió de vereda y dijo: No transo. Y vino y me tocó el timbre y me abrazó y lloró.

Se cruzó la frontera como los que la cruzan en La Bestia, aunque nuestras fronteras barriales son todas hechas con papelitos de caramelitos o tripas y no con trenes que nos lleven a mundos mejores sino a mundos peores.

Ella también sufre eso de las portación de apellido.

Babaya papá se crió con Santucho papá. Vaya a saber qué les pasó en el medio a esos dos amigos que terminaron en países distintos que se tiraban tiros como si fueran países en guerra, defendiendo sus fronteras inventadas.

La Macabra y yo hicimos la primaria y la secundaria juntos, porque yo le dije a mi vieja que aunque nos fuéramos a vivir al barrio de mi tía, yo no iba a dejar la escuela del barrio en que nací y donde estaban todos mis amigos.

Mi vieja lo aceptó pese a mi tía. Así que yo me tomaba el colectivo y viajaba casi una hora para ir a la escuela a la que iban todos mis amigos. Para ir a la escuela a la que iba la gente de mi barrio, porque mi barrio siempre fue este.

Estiro los dedos y le seco una lágrima negra. Digo su nombre en voz baja: Tranca, Naiara. Tranca, amiga. Estás conmigo. Yo te voy a cuidar.

Ella me mira con sus ojos claros que cambian con la luz. A veces son verdes, a veces son dorados, a veces son como una tormenta, como una tormenta triste y muy enorme, que nos moja a los dos.

—¿Me puedo quedar?

Le digo que ya sabe que sí y miro al Apolonio.

Yo siempre que La Macabra viene con sus crisis familiares y precisa refugio hasta que baje el agua, le dejo mi cama y me acuesto en el sillón ese en el que tiene su cucha el Apolonio. Los machos nos entendemos en esta casa con la solidaridad. Apretados, cabemos los dos en el sillón, aunque amanecemos después todos cachuzos y contracturados.

Naiara dice: Voy a comprarle otras birras a la Loli.

Yo le digo que no. Le digo que no, como a la merca. Conozco los límites de mi tentación cuando Naiara duerme en mi casa que no es lo mismo que decir "duerme conmigo" aunque un montón de gente no lo entienda.



Comentarios

  1. Jodido lo de la "portación de apellido", porque pareciera que se vive a la sombra de ese alguien que lo portó. Sin embargo, Santucho la tiene clara, por lo menos intelectualmente, que ya es un gran paso y sabrá luchar para que también integre -y le acepten- la parte propia y que nada tiene que ver con el viejo.
    Muy emotivo, Simón, me encantó.
    Un abrazo.

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    1. Lo que pasa es que mi viejo tenía una impronta muy particular. Destacaba mucho en los medios donde se movía y la gente siempre compara, aunque yo creo que mi lugarcito me lo voy ganando, aunque sea despacito.
      Otro abrazo grande, Mirella!!

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  2. ¡Qué pena que la experiencia sea siempre para atrás!

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    1. La experiencia queda atrás porque la vida queda hacia adelante y plantea siempre nuevos desafíos y solamente uno mismo, pienso, puede atesorar para uno mismo lo que va aprendiendo como en ese poema de Machado que canta Serrat. Cada uno tiene que tener su propio camino, porque uno es un individuo que siempre está en crecimiento.
      Un abrazo grande, Fer!!

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