Pan de ayer

Mi vieja decía siempre, cuando yo vivía con ella, que el pan (el de ayer, de anteayer o de otro día muy lejos del de hoy) rejuvenecía si le pegabas una tostadita, pero que no se te pase, solamente una calentadita.

Mi viejo, en uno de sus poemas que se llama “Renacimiento del pan”, tiene un verso que dice: El pan nace de nuevo en el rescoldo/ donde tus sabias manos lo han echado/a renacer de sol, esta mañana.
Le escribía a mi vieja, a sus manos y a su pan (el que mi vieja supo amasar), porque no se puede decir que en esta profesión se gane mucho o se gane bien. Y ahora, cuando me toca a mí, es peor que antes, así que yo sí caliento el pan hasta que se pone tan duro que definitivamente es pan tostado.

El otro pan, el de mi viejo y mi vieja cuando estaban juntos, era un pan amable, crocante, doradito y caliente, sobre el que la manteca se licuaba y el dulce se ponía airoso, brillante, más dulce todavía.
Yo aprendí en la escasez. Mortadela y no jamón. Una milanesa y no dos (aunque te quedes con hambre porque los varones comen más). No existe eso de “entrecomidas”. Mate cocido con leche a la noche, porque “hay que cenar como un mendigo y si te llenás la panza después tenés pesadillas” (en la versión del hambre que curtía mi tía).

Yo tuesto el pan pero no porque me falte el pan. Vivo con Apolonio, solamente, y la casita es mía porque así quiso mi viejo, entonces no me desangra un alquiler. Pero yo tuesto el pan porque es como decía el verso de mi viejo, un renacimiento. Ese olor a pan calentito es como ser feliz, como que empieza la vida de una manera buena, como que todavía soy un nene que no tiene problemas y que se levanta para ir a la escuela con ese olor a cafecito y pan.

Pienso todo esto porque compré jamón para comer unos sanguches con el Chinito y a él lo asombró que solamente me pusiera una feta entre dos rodajas de pan, cuando él se ponía tres.

Uno se cría así. Le quedan esas costumbres de lo maravilloso de que un día haya jamón en vez de mortadela, entonces pone poco y es como si comiera más, a través de varios sanguches de pan felipe cortado en rodajas a las que les extendió una pequeña capa de manteca.

El Chinito dice que soy muy miserable conmigo mismo. Pero lo dice porque no entiende la magia que hay en esas dos rodajas de pan calentito que guardan apenas una sola rodaja de jamón.

—¿Veinte birras y te hacés unos sanguches miserables?

Eso me dice el Chinito.

Yo no le explico que el alcohol no era parte de mi infancia y que en algún momento tengo que hacer coincidir el que soy con el que fui.

Mientras hablamos de eso, la Katita golpea las manos y se queda lejos de la reja, porque el Apolonio ya salió a dejarla manca.

—Suena el timbre, Kata —le grita el Chinito— Ya vamos. Estamos en la previa, amiga…

El Damedós me dice: Agarrá el perro que esta noche no enterrás la batata porque el Apo te la manda a la Katita a la guardia del Heca.

Ellos se terminan el jamón.

Yo, desde la cocina, miro hacia la reja porque la puerta está abierta. Ahí están todas las minitas, maquilladas, brillantes, seductoras y crocantes como el pan, con la Katita encabezando la delegación que nos pasa a buscar.


La Peña de la Coope es una fija, porque el barrio es así. 
Ya aprendió a bailar sobre sus muertos y renacer al sol, igual que el pan del que escribía mi viejo,



Comentarios

  1. Bueno, hablando de miserias de la infancia, mi vieja guardaba los fósforos usados, y los prendía con el piloto del calefón hasta la hornalla. Las más de las veces se quemaba los dedos, hay que decirlo, pero ¡guay! si llegabas a tirar un fósforo sin intentarlo.
    ¡Salud!

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    1. Eso mismo hacía mi tía, Fernando ¿podés creer, amigo? Yo la miraba haciendo malabares con los fosforitos esos y no me lo podía explicar, porque para comprar fósforos había. Mi vieja me decía que la costumbre la habían heredado de sus padres y yo pensaba por qué, si ellas tenían no te digo un super buen pasar, pero les daba el bolsillo, seguían con todo eso de lo poquito poquitito.
      Un abrazo grande, amigo.

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  2. Cuantos recuerdos me trajiste, Simón. Crecí en la misma escasez, todo medido y como bien decís, eso queda y en cuestión de comida no tiro nada, compro lo indispensable, porque no soy como fue mi vieja una gran cocinera que transformaba todo lo que sobraba.
    Un texto entrañable, mis felicitaciones.
    Abrazo.

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    1. Hola Mirella! Qué bueno que estés mejor, amiga! Mi viejo y mi vieja si se medían porque no había. Tenían que pagar la cuota de la casa y no venían de familia de dinero, así que ellos cuidaban monedita por monedita. Me acuerdo de los 25 centavos que me daba mi vieja, cuando me los podía dar, para que me comprara una medialuna en la escuela. Con el Chinito hacíamos una vaquita y comprábamos una factura más grande así comíamos mitad cada uno.
      A mí me quedaron todas esas costumbres.
      Un abrazo grande, amiga.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Esta disquisición sobre los significados y significantes del pan es mucho más profundo de lo que aparenta, dicho desde un lenguaje sencillo y directo (como a mí me gusta… al pan, pan…), y con componentes emotivos sin que resulten empalagosos, con un lenguaje llano, sincero, a pie de calle, que llega directo al corazón de la emoción. Has utilizado el pan y sus diversos modos, de calentarlos, tostarlos o quemarlos, como una argamasa que une recuerdos de la madre, del padre, del ayer y del hoy.
    Haces querible el pan Simón, sea dorado, caliente, frío o quemado, contenga mortadela o jamón, por el modo de contarlo, y eso, que sepas, es de escritor.
    Ya te llevo leído, Simón, varios de tus relatos, y todos me gustan, pero éste… ¡ay! Éste me ha ganado.

    Otra cosa Simón, gracias por tus comentarios a mis cuentos, me parece que eres tan despistado, o más, que yo, es mejor que me comentes por “Comentarios” en el cuerpo del relato, al margen de que me quieras, o no, recomendar en google, porque así los podré conservar.

    Un saludo compañero.

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    1. Hola Tara!! Muchísimas gracias por hacerme esta visita y por analizar lo que escribí dejándome un comentario tan generoso.

      La verdad es que no entiendo mucho esta Red de Google. Parece que cada blog o cada entrada en los muros de los que sigo funcionara de manera independiente, porque a veces dejo comentarios en los muros y aparecen en los blogs y otras, dejo comentarios en los blogs y aparecen en los muros. Y aveces solamente aparecen donde los dejo, así que bien no sé como moverme o donde es correcto comentar para que el que escribió lo que estoy comentando reciba lo que le quiero decir.
      O me pasó también de algunas personas que ni siquiera tienen el globito para dejarles el comentario ni blog donde dejarlo y muchas veces quiero decirles cosas y tengo que conformarme con darle el plus solamente.
      Sabiendo que el modus operandi con vos sería comentarte en el blog, es lo que voy a hacer de ahora en más. En el blog y no en el muro, así aparecen los comentarios sin confusiones.
      Ya te digo, esta Red me confunde un poco porque no le encuentro un patrón para manejarme dentro de ella.
      Un abrazo grande.

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    2. Ahora si que me ha llegado el comentario, muchas gracias, a mi también me resulta difícil moverme por los laberintos de los blogs. Otro abrazo grande y hasta pronto Simón.

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  5. Me voy poniendo al tanto de tus personajes, de apoco. Algunos, entiendo que son personajes que plasmás con tanta eficacia que lo parecen, y otros son reales: tus amigos, amigas, el perro. En todo caso no importa, lo que más me importa es lo que está escrito, ni más ni menos que eso. Y después, como todos los lectores, yo lo interpreto de acuerdo a cómo lo leo. Éste relato me parece de una ternura exquisita, impregnada de ese sabor a barrio que me resulta tan familiar. Y he descubierto que una de las cosas que le dan la familiaridad son esas palabras tan auténticas que son una marca, un sello, que te identifica. Con este texto me llevaste a esa mezcla particular de la que yo también guardo memoria, que es la escasez que le da valor a la comida que me dieron mis viejos, pero con la dignidad, nunca debajo de eso. Esos valores que no se pierden porque te quedan grabados como una estampa, en bajorrelieve sobre los huesos.
    A mí también me gusta más que me comentes, cuando lo desees, por el blog, porque me parece que es como tenerte en el living de mi casa, donde sos bienvenido, por supuesto.
    Un abrazo Simón.
    Ariel

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    1. Tenés razón, Ariel, esos valores no se pierden. Son nuestro propio hueso.
      Como le explicaba a Tara, no me termino de entender con el plus, así que desde ya te voy a comentar en tu blog por lo que me decís. Hasta unas birritas nos tomamos.
      Un abrazo grande y muchas gracias por venirme a leer y por la charla.

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