El Apolonio

A mí me gusta llamar al perro por todo el nombre. Mis amigos le dicen Apo pero a mí me gusta el nombre entero: Apolonio.

Es el perro de mi viejo. Vino entre las cosas que mi viejo me dejó: una casita de las que la gente llama humildes, en un barrio humilde, un montón de libros porque a mi viejo le gustaba leer y como él no se escabiaba me decía de chico que él si se tenía que emborrachar, prefería las palabras; unas cuantas plantitas, porque donde hay verde hay esperanza, decía también; una moto Honda toda desarmada que nunca terminamos de arreglar mientras él estaba vivo y su visión de cómo son las cosas, donde estaba incluido el perro por eso de que “más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.

Medio poético mi viejo, medio bohemio, medio tarambana; todo medio, según mi vieja y según mi tía: un tarambana, un bohemio, que no entendió nunca que la caridad bien entendida empieza por la casa de uno y no por la de todos los demás.

Para mí era mi viejo. Mi viejo.

Apolonio era un perro joven todavía cuando yo llegué a vivir, en los últimos meses de mi viejo. Era un cachorrón salvaje que defendía a mi viejo hasta de mí. Si yo llegaba de madrugada porque me quedaba por ahí con la barra, el perro me hacía amanecer afuera a pura dentadura y yo a los gritos: ¡pa! ¡viejo! ¡papá! ¡vení a agarrar al perro!

A veces mi viejo se levantaba y le susurraba al Apolonio: venga p’acá, ¿no ve que es Santiago? Y el perro se ponía chiquitito, que no sé como hacía para ponerse tan chiquitito porque es un perro grandote como un oso y se iba hasta los pies de mi viejo que me miraba de la puerta con cara de “por eso quiero a mi perro”. El perro y mi viejo se trataban de usted.

Cuando yo llegaba del trabajo, el perro me miraba de lejos, como si supiera que ahí no me tenía que torear porque yo cumplía con mi deber y llegaba cansado. Me miraba y nada más. Igual yo sentía que sus ojos me decían: te vigilo.

Cuando mi viejo ya estaba en las últimas, yo pensé que el perro se me iba a morir junto con él, porque no quería comer nada y no se iba de al lado de mi viejo ni para mear. Se había empezado a poner flaco, igual que mi viejo como si tuvieran un pacto de desaparecer juntos de mi vida.
La tarde en que mi viejo se murió, estábamos el perro y yo con él. La ambulancia nunca llegó. Entonces mi viejo llamó al perro y el perro le puso la cabezota esa gigante que tiene sobre el pecho y yo pensé que mi viejo estaba tan pero tan flaco que el peso de la cabeza lo iba a ahogar. Entonces mi viejo le agarró una oreja al perro y se trajo toda esa cabeza hasta la boca y le dijo, muy despacito: Cuídeme al cachorro, compañero, se lo estoy encargando. Es un poco tarambana como yo, pero ya se va a corregir. Usted, compañero, téngale paciencia y cuídemelo. Se lo estoy encargando.

Para mí que el Apolonio habla castellano porque desde ese día se porta conmigo como se portaba con mi viejo. Nos empezamos a hacer grandes juntos y a llorar juntos y a pelearla juntos.

Cuando cocino, como antes cocinaba mi viejo para nosotros tres la misma comida, le hago al perro lo mismo que como yo. Y yo creo que si el perro supiera cocinar, haría lo mismo.




Comentarios

  1. Hay una novela de Graham Green que se llama "Our man in Havana". En ella, los personajes principales siempre se tratan de usted.

    (Yo siempre me pregunté cómo se hará eso en inglés, porque tú y usted se dice "you". Pero en fin).

    Yo tuve una perra Rotweiller a la que nunca quise mucho porque me tiraba a morder cuando yo gritaba un gol.

    (Cuando tiempo después volví a buscar las cosas que me habían quedado en esa casa, la perra estuvo todo el tiempo al lado mío, buscando una caricia, como diciendo "see you around", o algo así, quéseyo)

    Ahora, cuando voy a ver a mi viejo, me habla a mí de mí. Me dice que se fue de vacaciones con su hijo, que soy yo.

    (Y yo le digo pá, soy yo, ¿sabés?. Disculpe, me dice mi papá. Y no me queda hacer otra cosa que llorar).

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    1. De eso va la vida, Fernando. Mi viejo trataba al perro de vos y a mí de usted porque a él lo habían tratado de usted, siempre, sus padres y esas cosas parece que ciertas personas no saben como cambiarlas. Mis amigos cuando venían a mi casa se reían porque mi viejo me trataba de usted.
      A lo último, cuando se me moría, le dije: por qué no me tratás de vos? Y ¿sabés lo que me contestó? Me dijo: Porque soy su padre.
      Y después me echó muy en cara que él no quería que yo siguiera su profesión porque se sufre al pedo. Y entonces sabés lo que hice? Lo traté de usted y le dije: Mire, don Santucho, sigo su profesión porque yo quiero ser como es usted.
      Y entonces mi viejo me tuteó y me dijo: Lo que me faltaba en este mundo... un hijo boludo ¿No te das cuenta de que sos un boludo?
      Abrazos, Fernando.

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  2. Abrazos, Simón. Buenas noches. Que descanse.

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  3. Lo mismo, amigo. Y además, que mañana te haga un excelente día.
    Otro abrazo más, para no quedarse rengo como con el mate.

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    1. Con esta vivencia de perro (supongo que es real) me has ganado totalmente.
      ¡Qué bien los has contado compañero!, se le agarra querencia, al perro, al viejo y hasta a ti, heredero de Apolonio, aunque debería decir que el que ha heredado es el perro.
      Es uno de los relatos más humanos y emotivos que he leído, tremendamente sencillo, de una sencillez ¡es-pec-ta-cu-lar!
      Por cierto... por aquí en las islas canarias también "usteamos" sobre todo el vosotros por el ustedes, y el usted de la segunda persona singular si estamos enfadados o queremos regañar a alguien. Tuve un perro que se llamaba "usted"
      Me ha encantado como lo has contado Simón, emotivo y directo ¡Sí señor!


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    2. Hola Tara!! Buenísimo saber que te gustó. Me decís demasiadas cosas lindas ¿no estarás exagerando, amiga? A mí me hacía sentir raro el usted porque los padres de mis amigos no los trataban así y mi vieja tampoco me trató nunca de usted. Sé que en algunas provincias del norte todavía se usa ese trato entre padres e hijos, pero donde yo vivo no. Para mí era normal hasta que mis amigos se empezaron a reir y a preguntarme por qué mi viejo me trataba de usted.
      Un abrazo grande y agradecido.

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    3. No exagero... si un texto me parece malo no suelo comentarlo por no herir susceptibilidades, pero no hago halagos gratuitos. Es un testimonio que llega directo al cuore Simón, me gustó mucho mucho.

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    4. Gracias de nuevo, Tara.
      Un gran abrazo.

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  4. Ayer, que me sentí mejor, estuve leyendo algunos capítulos de esta novela o serie de apuntes, no importa el título, porque no quiero quedar atrasada y además me gusta lo que escribís y cómo lo escribís.
    Con el Apolonio me hiciste lagrimear y más todadía con el comentario de Fernando y tu respuesta.
    Tenés una virtud no muy común en tus textos: no son puro coloquialismos y puteadas, hay una forma casi poética de usar el lenguaje coloquial y en el trasfondo duro y triste, siempre surge una dosis de ternura.
    Un abrazo, Simón.

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    1. Hola Mirella!! Qué bueno que estés mejor y te vayas reponiendo. A mi viejo le decían que era bohemio porque escribía versos. Así fue como enganchó a mi vieja, a puro verso. Le gustaba escribir, cantar, todavía me lo veo tocando la guitarra y recitando en las peñas. De ahí me debe venir eso que vos decís de lo poético que ves en mis modos. Yo creo que hay cosas de los padres que nos marcan para siempre y yo me acuerdo que yo llegaba del laburo y mi viejo me estaba esperando en la cocina con su matecito y alguna comidita y siempre escribiendo. Tenía su cuadernito Rivadavia de esos de forro araña siempre sobre la mesa y ahí cuando le venían las ideas las escribía al toque. Creo que debo tener como cincuenta de esos cuadernos con los versos de mi viejo, de puño y letra. Y sabés qué? Escribía con lápiz, no con birome. Eso a mí me llamaba la atención.
      Espero que te mejores del todo que como está de loco el clima ya uno no sabe como vestirse y termina con gripe.
      ¿Te molesta si te mando un beso?

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  5. Que lindo. Lindo blog, lindo post. :´(

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    1. Hola Gregoria!! Bienvenida al blog.
      Muchas gracias por dejarme tu impresión.
      Un abrazo grande.

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