Distopias



Nadie me supo explicar bien que había pasado con el hermano de la Colorada.
La Macabra, que estaba ahí, haciéndose ver con un cartel de esos que dicen “Justicia” y metiendo bardo con otro grupo de vecinos que gritaban, en su mejor papel de mejor amiga de la Colorada y capitaneando la juntada delante de las cámaras del noticiero, me hizo un guiño y una sonrisa de “vení Santucho, vamos a hacer presión”.

A la Macabra le gusta el bardo. Siempre le gustó el bardo, menos cuando se le arma en la casa porque ahí se aparece en la mía y cuando le abro le miro los ojos y sé que lloró, aunque todos digan que la Macabra es un fierro y que no llora.
Yo la miré de lejos. Tenía esa ropa de vampiro que usa ella, negra, viuda y el mechón azul y el mechón púrpura de su cabello negro se movían como dos banderines mientras ella le gritaba al notero un montón de cosas sobre lo que le había pasado al hermano de la Colorada, el Colorado. No nos habíamos gastado mucho en encontrarle un alias al chaboncito, aunque fuera un alias re botón porque acá en el barrio muchos colorados no hay.

Con la Macabra alguno se esmeró más, aunque no es porque se viste de vampiro que le decimos así, sino por la cicatriz del botellazo que le cruza un lado de la cara y que ella esconde debajo del pelo negro, más negro que la ropa y que de ese lado justo tiñe de ese mechón púrpura porque dice que le disimula más el color rojizo de la cicatriz que le quedó.
A ella le gustó más Macabra que Franquestina como le decían los de la escuela. Le daba más categoría lo de Macabra y alentaba la leyenda de que nadie se la podía transar porque era como las arañas que si te las transás, te morfan.

Con el carácter que tiene, los chabones no dudan de que la minita se los come a ellos en el sentido literal y en el figurativo están seguros que también es así: no se la van a comer ellos, seguro. Es alta y flaca, como un esqueleto colgado de un perchero y mal vestido y en el cuello usa un collar de ahorque para perro, de esos de cadena, que me pidió que le soldara con un broche que me tuve que inventar para que ella se lo pudiera desprender y lavarse el cogote largo que tiene pegado también a ese tronco largo sin tetas y con una cinturita que me cabe en una mano sola. 

De lejos parece patotera y de cerca uno ya sabe que es patotera, como se estaba enterando el notero de la tele que intentaba encajarle el micrófono a sus gritos de gata a la que le pisaron la cola, entre la pueblada que gritaba igual que ella.

Todos saben que la Macabra no transa ni por pastis ni por una línea ni por una tuquera llena. Por ahí nadie le tira línea porque se come un bardeo público. A ella le gusta eso, el lío, la movilización, todo lo heavy. Le viene de familia. Tiene una familia altro que heavy, pero viven del otro lado del barrio. Ella prefiere el lado este, donde vive la Colorada y está la Coope.

No me pude enterar de qué le había pasado al Colorado porque llegó la yuta y disolvió a palazos el piquete.

A la Macabra no la pudieron agarrar por fomentar el bardo. Rajó por los pasillos porque para zafar tiene más cintura que un gato, aunque su cintura me quepa en una mano.


Comentarios

  1. ¡Hola Simón! Vine hasta aquí atraído por un comentario que me hiciste por Google. No soy buen escritor pero sí me considero un buen lector y en ese comentario que te menciono, tuve la intuición, de que tenía que conocer algo más de vos. Y no me equivoqué, porque me encontré con este texto escrito en mi idioma, el de Buenos Aires, y porque, además, me atrapó de entrada. Un relato contundente, con una estructura interna sólida, un trama que me tomó de la solapa de entrada y no me soltó hasta el desenlace. Además, tenés una narrativa cuidada, un estilo para contar que, al menos en este relato, se revela adecuado a este lenguaje callejero de los personajes, sobre todo al de la Macabra.
    Me gustó mucho lo que escribiste. Un saludo.
    Ariel

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    1. Ey, Ariel, te agradezco, che, que me vinieras a visitar acá y toda la buena onda de tu comentario que la verdad me da empuje para seguir. Es bueno recibir aliento y saber que con lo que escribís le llegás a alguien. Escribir es un poco eso, como de encontrar otro con el que compartirte y como que la vive con vos mientras la vas contando.
      Gracias de nuevo. Un abrazo

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  2. Coincido con todo lo que dice R. Ariel. Me gusta cómo el narrador-protagonista se hace cargo de su admiración por la Macabra. Se nota que le chorrea la baba cuando habla de ella, pero igual mantiene un perfil de "a-mí-no-se-me-mueve-un-pelo".

    Como comentario: a veces se nota que ese narrador viene de otro lado, que su lenguaje desentona con el barrio. Me pregunto si será un ángel caído o si es un tema a tener en cuenta para que no resalte en la narración.

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    1. ¿Qué quiere decir que desentona con el barrio? Me interesa eso, porque es cierto que viene de otro lado en la historia y que está ahí justamente porque no desentona y se maneja bien con los códigos.
      Si me lo podés explicar me harías un gran favor. Muchas gracias.

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  3. Bueno, justamente, se nota que viene de otro lado por el lenguaje que usa. Un tipo que dice lukear, guachín y cogote pero al mismo tiempo habla de sentido literal y figurativo.
    Se nota que viene de otro lado, y que sabe cómo comportarse en el lugar por la relación que tiene con la Macabra.
    Se nota que viene de otro lado en el párrafo final, por caso, que dice así:

    #A la Macabra no la pudieron agarrar por fomentar el bardo. Rajó por los pasillos porque para zafar tiene más cintura que un gato, aunque su cintura me quepa en una mano."

    Ahí dice bardo, dice rajó y dice quepa. QUEPA nos dice mucho del personaje. No esperamos que en ese barrio alguien diga quepa. Como mucho, esperamos cabe. "Su cintura me cabe en una mano".

    Por eso digo que se nota que viene de otro lado.

    Entonces, si verdaderamente es así, no preocupa tanto. Será cuestión de ver cómo sigue, cómo encaja el sapo en este otro pozo. Para que no rompa con el verosímil, nomás. Cuestión puramente estilística.

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