Diferencias hechas con cosas que se parecen



El Chinito me dice: ¿Ves?¿Ves? Vos sos igual que la Macabra, siempre marcando la cancha, siempre diciendo que las cosas son como ustedes dicen que son, siempre marcando agenda para esto y para lo otro y uno la verdad se siente un boludo porque nunca se le ocurren las ideas que se les ocurren a ustedes.

El Chinito grita tanto que yo le veo la cara al Apolonio, porque el Apolonio va poniendo caras de acuerdo a lo que escucha y entonces le digo: cucha, cucha. Y el Chinito me mira con cara de ojete y me dice: ¿Cucha?¡¿Cucha yo?

—Al perro le digo, pelotudo…Si querés seguir a los gritos lo dejo que te morfe.

El Chinito dice ah… y sigue con lo que me está diciendo y que yo ya sé porque me lo dijo cincuenta millones de veces antes.

Si Naiara entra, el mundo se interrumpe.

Entonces, Naiara entra en la Coope y grita desde la puerta: ¿Y los chicos, Santucho?

El Chinito, que no es Santucho porque Santucho soy yo, le dice: ¿Qué onda, Maca?¿Vos no resgistrás que hay paro? Hay paro, amiga. Hay paro.

La Macabra no entiende de ningún paro porque para ella alfabetizar o hacer el apoyo escolar no tiene paro porque el paro es para los truchos que roban desde la conducción de los sindicatos y no para los que cinchan desde el llano.

Entonces le grita al Chinito ¿de qué paro me hablás?

El Chinito le repite: del paro, Maca, de que te voy a hablar, boluda!!

No le digás boluda, le digo yo y el Chinito me mira con una mirada que dice que Naiara es boluda.

—Mirá lo que pregunta la chabona —protesta.

La Macabra me grita desde donde está que “cuántas veces te dije que no traigas ese perro a La Coope” (lo de la coope siempre lo dice con mayúsculas) y sigue “porque tu perro muerde, Santiago, tu perro muerde”. Me dice Santiago y yo me quedo como un helado que se derrite suavecito y resbala. Me hago un charco hecho con santiagos cuando la Macabra me dice mi nombre.

Es cuando el Chinito me patea y me clava el botín de seguridad de la fábrica en el medio de la canilla y también dice: dejá de poner cara de perro boludo, que la mina ya registra que estás muerto con ella.

Un día mi papá me dijo que amaba a mi mamá. Fue nuestra primera conversación “de hombre a hombre”, a mis veintidós, que fue cuando definitivamente me fui a vivir con él. Me lo confesó sin adornos ni rodeos. Dijo “la amaba”, tan naturalmente lo dijo, que yo me le quedé mirando porque hasta que él lo dijo, yo no tenía muy claro para qué se usaba el verbo. Mi mamá no lo había usado nunca, aunque muchas veces había hablado bien de mi papá, a medias bien, con el medio esto y lo otro medio también, entre todo lo que hablaba mal de él. Mi tía y mi vieja hablaban pestes de mi viejo cuando se les daba la vena. Pero mi vieja tenía esos ataques raros en que mi viejo parecía otro hombre en su boca y en sus frases y un poco en sus ojos que se le ponían como son los ojos de los nenes. Los tenía a veces y solamente a solas conmigo. A mí me parecía que mi vieja, cuando le daba eso, rejuvenecía. Después volvía a revolear la media con bosta y pintarme la vida entera de odio.

—Cambiá la cara, amigo… Esa mina te resorbe el seso. Rescatate. Te ponés re gil. Ves a la Maca y te palman las ideas.

Miro al Chinito y pienso en la mirada que tenía mi viejo cuando tuvimos esa conversación de “hombre a hombre”. Esa mirada un poco roja y un poco brillante y el tono de la voz, sobre todo fue el tono de la voz, como si hablara en una clave que nadie tenía que saber de verdad y que yo iba a tener que aprender como otro idioma para hablar con él de algunas cosas.

—Sacá el culo de la silla, Santucho… ¡Vamos a buscar a los pendejos. ¡La Coope del Paraiso no entra en paro!

Yo levanto los ojos y miro a esa Naiara que en la escuelita de artes marciales marca pumses conmigo y sonríe. Tiene una marcación dura, enérgica, poderosa en actitud, concentrada en la esencia del tae-kwon-do. Yo sé que la suya es una marcación indómita y que lo que más le gusta es cuando saludamos y todos los chicos gritan kwon, como una cosa compacta que nos defiende a todos de un afuera que nos quiere devorar y no dejar crecer.

El Chinito dice: Amigo…hay paro.

Le pongo cara de lo que dijo La Macabra y él dice: “Repartamos los sectores, amigo. Voy con ustedes. La Coope del Paraiso no entra en paro”.

A mí se me vienen a los ojos los ojos de mi viejo y todos los versos que escribió para mi vieja en sus cuadernos Rivadavia de cien hojas.

cuaderno rivadavia de cien hojas



Comentarios

  1. Simón, este capítulo y el del Apolonio son de lo más emotivos. Tenés una rara habilidad para eso sin sonar cursi.

    ResponderEliminar
  2. Hola Fernando!! La verdad me da alivio que me digás que no sueno cursi. Lo que trato de ser es sencillo, como lo común porque lo que voy contando son cosas cotidianas de todos los días, momentos que para mí son importantes y que le caben a todo el mundo. y pasan a cada rato.
    Por más que no sea una gran historia, es una historia del diario vivir y quiero que sea eso y nada más.

    Un abrazo fuerte.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es que, justamente, nuestras vidas

      son eso y nada más

      eso y nada más, querido Simón.

      Y vos te encargás de contar muy bien. Aunque no seas -como vos crees- escritor.

      A mí me parece que sí sos. Pero no vamos a discutir por eso.

      Nomás gracias por ponerle onda a tus relatos, novela, conjunto de cuentos o lo que sea.

      No sé si es que me estoy poniendo viejo o qué, pero tu historia me llegó al corazón como hacía rato no me pasaba.

      ¡Salud!

      Y un gran abrazo.

      Eliminar
    2. Me hacés emocionar, chabón. Gracias, gracias, gracias!!!

      Un abrazo fuerte, amigo. Gracias, posta. Gracias!!

      Eliminar

Publicar un comentario

ZONA POPULAR

Alfajor santafesino

Cristales de sal

Feroz muchacho de viento

Barrio de barro

La rara incapacidad de escribir una carta de amor

El Paraíso

No haciendo tablas

Naranja amarga