Calle Salta



Yo no hablo de mi hermana. Me acostumbré así. A veces no estoy seguro de si tuve una hermana porque como nadie hablaba ni habla de ella, es como una ficción, algo que nunca estuvo y que sigue sin estar o que solamente está en mi imaginación y en la realidad es un agujero, un espacio que no tiene nada, algo que todos decidieron sacar de la foto esa en la que tampoco se la ve.

Yo me crié como hijo único que vive la unicidad agarrado en el halo de un fantasma que lo acompaña a todos lados y que provoca que los demás hagan cosas porque el fantasma está ahí.

Fui un hijo único que no era único porque andaba de la mano con la sombra de mi hermana, una sombra que todos veían menos yo que no me acuerdo de ella aunque sé que me llevaba seis años y que tenía ojos claros como mi papá y pelo claro como mi mamá. Eso me lo contó él un día en que le pregunté, cuando empezamos a tener conversaciones de padres e hijos, pero no dijo nada más que eso y yo no dije nada más tampoco porque me di cuenta de que a él le hacía mal y como ya estaba tan enfermo aunque lo disimulaba, yo no insistí.

De mi hermana no había una sola foto en ninguna parte y en mi memoria, menos.

Al revés de lo que hace otra gente que vuelven al que desaparece un objeto del mismo estilo de una estampita de santo, en mi casa se borraron todas las pruebas físicas de que mi hermana existió. La redujeron a esa sombra que me impedía a mí ser un hijo único hecho y derecho y me convertía en el hermano de un ánima.

Pavón ocupó el puesto de jefe del cuartel después de que murió mi viejo. Como se conocían de toda la vida, me supo decir  en vida de mi viejo y porque yo le pregunté, que después de la muerte de un hijo, tan trágica, los matrimonios no aguantan. Pero tampoco me explicó nada más porque respetaba el código de silencio y abriendo las manos como Pilatos me dijo: son cosas que tenés que hablar con Santucho (en este caso con papá Santucho).

De la casa de mi tía, que nunca fue ni mi casa ni la de mi vieja sino siempre la de mi tía, me fui a los dieciocho. Terminé la secundaria, agarré un bolso y me fui.

Mi vieja llamó corriendo a mi viejo porque yo también me había desaparecido de la foto en la que ella me miraba, y por si yo me había ido a vivir con él, que era como irse a otra foto. Fue después de una pelea que tuve con ella y con mi tía y la lógica era que yo me hubiera ido a lo de mi viejo con toda la sangre en la cabeza, todavía.

Yo trabajaba ya de chico, porque mi tía nos hacía sentir que en su casa, pese a que era de las dos porque era el caserón de los abuelos y ellas eran solamente dos hermanas, estábamos de prestado y éramos como una molestia no confesada del todo si la molestia no se daba cuenta de que lo era.

Mi vieja laburó toda la vida, así que aportaba, además de lo que le pasaba mi viejo y de lo que laburaba yo para mis cosas, para que mi tía no tuviera nada que decir sobre nada, aunque cada tanto se le escapaba eso de ¿a dónde hubieras ido con el chico si yo no te daba un techo, Verónica?

Fue una de esas muchas veces en que yo la enfrenté y le dije que la casa de los abuelos era tanto de ella como de mi vieja. Pero mi vieja se puso de parte de mi tía para variar, así que yo ya entendí que sobraba en el album del matriarcado y por eso me fui. Ya me lo había jurado a mí mismo que cuando cumpliera los dieciocho me hacía el bolso y me iba aunque tuviera que dormir en la Terminal de Colectivos.

Me fui a vivir con unos chabones que precisaban hacer una vaquita para pagarse el departamento de estudiantes que tenían cerca de la ciudad universitaria y tanto me insistieron que me anoté en la facu de psicología. Cuando me recibí me di cuenta de que había estudiado a ver si se me iban los mambos a mí y no porque la carrera me hubiera gustado. Mi viejo se puso muy contento cuando le llegué con el diploma y me dijo que estaba muy orgulloso de mí. Mi vieja también me dijo lo mismo y mi tía me dijo: bah… un loco que estudia una carrera para locos.

Yo estaba en la guardia cuando llegó el pedido de refuerzos. Pavón ya había hablado con el Cuartel Central apenas explotó el edificio y nosotros mirábamos por la televisión lo que había pasado. Lo mirábamos sin creer lo que veíamos.
Cuando llegamos a calle Salta, era un caos. No sé cuántas dotaciones estábamos ahí, entre Zapadores y Voluntarios. Incluso habían llegado compañeros desde los pueblos vecinos porque el desastre era un desastre increíble, el mayor que yo había visto nunca.

Parecía que al edificio le había caído un misil. Era como ver una escena de guerra de esas que pasan por la televisión y todos revolviendo en un pozo lleno de escombros que tapaban la calle y las cosas, tratando de encontrar sobrevivientes. Era un pozo enorme, lleno de escombros y tapado por una nube de polvo dentro de la que no se podía respirar porque el segundo cuerpo del edificio había desaparecido en ese agujero, colapsado hasta sus cimientos, casi. El segundo cuerpo del edificio era como un agujero en la vida de ese caos que gritaba detrás de las barreras de contención que hubo que poner porque toda la ciudad vino a ver y a querer dar una mano y la cosa era muy peligrosa todavía.

El edificio y la vida de la gente de adentro del edificio habían desaparecido en ese agujero impresionante y nebuloso. Desaparecieron de la foto de todo el mundo. Desaparecieron mientras dormían y se volvieron solamente un agujero y alrededor del agujero un montón de pedazos imposibles de rearmar.

Mirando eso yo me acordé de mi hermana por pura asociación de ideas.

explosión de calle Salta, Diario La Capital


Comentarios

  1. Hola Orlando!! Bienvenido a este blog. Te doy las gracias dejarme tu comentario.
    Saludos!!

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  2. Simón, estoy impactado, todavía. Hiciste un texto impecable. Me refiero a que está escrito con el corazón en la mano y, además, con la virtud , con el don que tenés en la otra para sensibilizar al que te lee. Es la segunda vez que vengo por aquí y quedo impresionado, gratamente, porque tenés un talento increíble para seducir con la prosa. Son muchas las virtudes que veo en este texto, pero ya te digo, la más importante, es que una vez que uno llego al punto final, me queda un nudo en la garganta, o la sensación de querer abrazarte, o el dolor de que me acaban de dar un trompada en el estómago.
    Como te dije la otra vez, seguro que voy a volver por aquí, no siempre puedo, pero me parece que sos de los escritores que de ahora en más se agrega a la lista de los que no podría dejar de leer.
    Ariel

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    1. Hola Ariel!! Muchas gracias por volver a leerme. Me decís demasiadas cosas buenas, amigo y si lo que cuento te hace sentir todo eso, yo creo que además de ponerme contento, salto en una pata.
      La verdad es que no tengo mayores aspiraciones que poder escribir bien para mí. Hacerlo y que me guste y que esté lo mejor escrito posible, por eso tus palabras me dan mucha alegría.
      Un abrazo fuerte

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  3. Un gran capítulo, Simón. Se te da muy bien la escritura emotiva, como queda dicho, y no se pasa de la raya, no busca el golpe bajo.
    Un abrazo!

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    1. Hola Fernando!! Hace desde entonces que tengo eso todavía atragantado. Hay cosas de las que nunca te podés olvidar y me parece muy bueno que me digas eso de que no busco el golpe bajo. Desde ya que no, que me quiero alejar de esas cosas y tratar de ser objetivo dentro de lo que la cosa es.
      Un abrazo fuerte y gracias de nuevo.

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