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Mostrando entradas de 2017

Madre hay una sola (menos mal...)

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Mi vieja ya había empezado a gritar en la calle, adelante de la reja y sin esperar que yo mandara a la cucha a Apolonio y le abriera la puerta a ella.
Gritaba desde afuera, levantando la mano retadora con la que me supo correr a chancletazos cuando yo me mandaba una cagada porque para ella y sobre todo para mi tía, las mías no eran travesuras sino cagadas, por culpa de la herencia paterna que formaba la mitad de mí y por culpa de que ¡los varones son terribles! Como yo corría y mi vieja nunca me alcanzaba para chancletearme a gusto, a veces se contentaba con tirarme la chancleta como un arma de esas arrojadizas, que tampoco llegaba a destino y gritarme: ¿Santiago Santucho, eso te enseñó tu madre? ¡Sos un mal aprendido!
Mi tía le hacía el coro.
Ahora, desde la puerta, mi vieja exigía como vecina barriera: ¡Santiago Santucho, abrile la puerta a tu madre, querés!
Apolonio se fue a la cucha solo, como si entendiera que la autoridad de aquella mujer que gritaba desde la vereda era tan pod…

El Principal

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Cuando Carmelo apareció con ese mate de metal envuelto en goma eva de color rosa, todos nos quedamos mirando lo que parecía un tulipán de plástico que el sargento había ido a comprar al chino, cuando todos por fin coincidimos en que el porongo anterior estaba rajado y aunque le teníamos un cariño de hermano en la mala, una ronda con él era un enchastre. Le hacíamos el aguante al mate solamente porque siempre estuvo con nosotros. Parecía eterno hasta que se rajó. El jefe lo puso en la repisa de los reconocimientos, al lado de las plaquetas de honor al mérito y de las copas de fulsal y de truco. El mate rosa era un bajón. Todos lo mirábamos torcido, porque era rosa. ¿Celeste no había? fue lo que preguntamos todos y después barajamos otros colores. Carmelo, imperturbable, dijo: Era ese o uno de vidrio forrado, con corazones y besitos, también rosa. Elegí el más sobrio.
—Hay que quejarse con el chino ¿Cómo no se le ocurre un poco de variedad?
—Será daltónico.
—Es chino. No entiende una …

Geminianos

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El Apolonio parece dos perros de acuerdo al ruido que oye.
Cuando son tiros torea como un guacho, se estrola contra las puertas, ladra como si le sobraran cinco gargantas encima de que tiene un vozarrón, se pone de los pelos con los pelos del lomo que se le vuelan. Por acá hay muchos tiros.
Ahora, si son truenos los que hacen ese ruido a mucho ruido, la cosa cambia, Apolonio cambia, todo cambia, empezando porque el perro, en vez de romperme la casa toreando, oye que truena y se manda al toque abajo de la cama -o arriba-, porque le da igual. Si yo estoy acostado, arriba de la cama y si puede, arriba mío y si pudiera, adentro mío, contra cualquier ley física que habla de que dos cuerpos no ocupan el mismo lugar en el espacio. Si yo no me acosté, debajo de la cama. Y andá a sacarlo de ahí abajo. Es un gigante que tiene la maldición de que las tormentas lo vuelven un enanito.
A mí, las procesiones me van todas por adentro.
Mi viejo me saldría con eso de que soy un hijo del universo y qu…

Otros shakespeares

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Yo sé que muchas veces no tomo los riesgos de tu boca. Lo sé desde ese día en que me dijiste que te querías casar virgen y a mí me pareció la cosa más extraña y a la vez la cosa más hermosa y más romántica (ya sé qué puse cara de gil y me reí, pero me reí porque me puso nervioso eso que decías), como una antigüedad que no tiene tiempo porque es como una especie de reliquia que resiste las pruebas del carbono 14 porque es algo del alma y la edad de las almas no la miden los hombres.
Esa atemporalidad tuya para tantas cosas y ese vivir el hoy de tantas cosas por las que te jugás toda otra clase de virginidades, hace que te respete como se respeta a la María Madre que sostiene siempre el padre Coco.
Tenemos un pacto. Vos y yo tenemos un pacto como si fuéramos algo que escribió otro Shakespeare más moderno, más de por acá, más de nosotros. Uno que entiende y sabe que nos pasa.
Vos tenés esa cicatriz que te transforma en un cuadro de Picasso. Las mías no se ven pero vos si las ves con t…

Portación de esencia

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Es muy difícil ser “el hijo de”. Uno está atrapado en la portación del apellido, como si fuera un apéndice que cuando el dueño muere, queda como la cola de las lagartijas, suelto y moviéndose solo, desorientando al mundo.
Yo no sé si es que porto el apellido de mi viejo o el apellido me porta a mí. Me decido por la segunda. El apellido de mi viejo me porta a mí. Es como llevar una marca, aunque seamos dos personas diferentes que solamente se parecieron en algunas cosas.
A veces me siento atrapado en la cárcel que significa el apellido, como si viviera en un examen eterno que no consiguiera aprobar nunca por más que estudio y contesto todo bien. Parece que siempre hay que rendir más y que el diez es la nota más baja y todos se te quedan mirando “porque tu viejo lo hubiera hecho así”.
Hace tiempo que no visito a mi vieja.
No la visito porque me vuela la peluca con tantas estupideces que le termino contestando mal y no le quiero contestar mal porque en el fondo mi vieja es una buena mi…

El cuadrado del fuego

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A veces te quedás solo con el miedo. Estás entre un montón de otros y vos te quedás solo con el miedo como si alrededor tuyo no hubiera nadie y los únicos huevos disponibles dentro del panorama fueran tus huevos, esos que vos sabés que están fruncidos pero que están haciendo falta, que hay que ponerlos, que por eso estás ahí con la adrenalina que te incendia los pelos abajo del casco y los huevos fruncidos que se te fruncen cada vez más como si hiciera frío y no calor.

Mi viejo me hablaba mucho de esa sensación de “entrar al fuego”. Me decía “es tu fuego y el fuego, son dos fuegos, uno contra el otro”. Y después decía siempre lo mismo: “¿Por qué me tuvo que tocar un hijo boludo?”

Cuando yo era más chico y recién empezaba, yo veía a mi viejo. Era como parte del fuego. Era como el fuego. Alguna vez lo sacaron con principio de asfixia porque para mi viejo era el fuego o él. Pavón siempre dice que mi viejo tenía tanto fuego que no respetaba al fuego, lo quería domar, quería que el fuego …

Pan de ayer

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Mi vieja decía siempre, cuando yo vivía con ella, que el pan (el de ayer, de anteayer o de otro día muy lejos del de hoy) rejuvenecía si le pegabas una tostadita, pero que no se te pase, solamente una calentadita.
Mi viejo, en uno de sus poemas que se llama “Renacimiento del pan”, tiene un verso que dice: El pan nace de nuevo en el rescoldo/ donde tus sabias manos lo han echado/a renacer de sol, esta mañana. Le escribía a mi vieja, a sus manos y a su pan (el que mi vieja supo amasar), porque no se puede decir que en esta profesión se gane mucho o se gane bien. Y ahora, cuando me toca a mí, es peor que antes, así que yo sí caliento el pan hasta que se pone tan duro que definitivamente es pan tostado.
El otro pan, el de mi viejo y mi vieja cuando estaban juntos, era un pan amable, crocante, doradito y caliente, sobre el que la manteca se licuaba y el dulce se ponía airoso, brillante, más dulce todavía. Yo aprendí en la escasez. Mortadela y no jamón. Una milanesa y no dos (aunque te que…

Gatos muertos en lugares decentes

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Los gritos del Correntino se oían desde la otra punta del galpón donde Pakito y yo todavía estábamos ordenando las sillas que habíamos desapilado para la reunión de comisión de los jueves a la que cada vez vienen más vecinos porque el barrio se está poniendo peor de este lado también y la gente quiere que le demos respuesta “como vecinal” a pesar de que a nosotros nadie nos contesta nunca nada desde la Muni y todo se va en buenos propósitos y en déjeme verlo, que es la contestación típica de los concejales cuando uno va y los encara de una con eso de “¿y los barrios para cuándo?.. tanta peatonal, tanta peatonal.”
Todos los jueves nos vienen con planteos nuevos los de este lado para evitar que los del otro lado se los terminen comiendo porque la merca avanza en aquella parte como una topadora y se lleva puesto los dos lados del barrio.
Nuestro lado es el lado original. Un barrio de casitas de material todas igualitas como esos barrios que se hacen con planes públicos y que construía e…

Calle Salta

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Yo no hablo de mi hermana. Me acostumbré así. A veces no estoy seguro de si tuve una hermana porque como nadie hablaba ni habla de ella, es como una ficción, algo que nunca estuvo y que sigue sin estar o que solamente está en mi imaginación y en la realidad es un agujero, un espacio que no tiene nada, algo que todos decidieron sacar de la foto esa en la que tampoco se la ve.
Yo me crié como hijo único que vive la unicidad agarrado en el halo de un fantasma que lo acompaña a todos lados y que provoca que los demás hagan cosas porque el fantasma está ahí.
Fui un hijo único que no era único porque andaba de la mano con la sombra de mi hermana, una sombra que todos veían menos yo que no me acuerdo de ella aunque sé que me llevaba seis años y que tenía ojos claros como mi papá y pelo claro como mi papá. Eso me lo contó él un día en que le pregunté, cuando empezamos a tener conversaciones de padres e hijos, pero no dijo nada más que eso y yo no dije nada más tampoco porque me di cuenta de…

Re-saqueado

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—No me gusta verte así, chabón. Estás hecho bolsa.
No la escuché llegar a la Macabra y hasta que no le dio un manotazo a la botella que hizo un ruido bárbaro al caerse no registré que ella estaba conmigo, porque yo tenía los ojos cerrados y no me había sacado ni el uniforme.
Apolonio no dijo ni mu. Por ahí entendió que la Macabra eran refuerzos que le caían del cielo.
—El correntino me dijo que viniste escabiado, que te vio re escabiado cuando se cruzaron ¿Problemas de laburo, Santu? Te pega mal el chupi a vos igual que a mi viejo, amigo. Vos sabés que te pasa eso, amigo, pero no te rescatás.
—La cagué.
—Siempre que te escabiás la cagás, Santucho.
—La cagué mal pero si me preguntás qué me pasó, no te lo puedo explicar porque no sé ni yo, amiga. De verdad que no sé, Maca. La cagué con un tipo del que me hubiera gustado ser amigo y no sé ni qué me pasó ni por qué la tuve que cagar.
—Es porque te escabiás, Santu. Es fija que la cagás. Vos sabés que no tenés que tomar porque te pega mal…

Diferencias hechas con cosas que se parecen

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El Chinito me dice: ¿Ves?¿Ves? Vos sos igual que la Macabra, siempre marcando la cancha, siempre diciendo que las cosas son como ustedes dicen que son, siempre marcando agenda para esto y para lo otro y uno la verdad se siente un boludo porque nunca se le ocurren las ideas que se les ocurren a ustedes.
El Chinito grita tanto que yo le veo la cara al Apolonio, porque el Apolonio va poniendo caras de acuerdo a lo que escucha y entonces le digo: cucha, cucha. Y el Chinito me mira con cara de ojete y me dice: ¿Cucha?¡¿Cucha yo?
—Al perro le digo, pelotudo…Si querés seguir a los gritos lo dejo que te morfe.
El Chinito dice ah… y sigue con lo que me está diciendo y que yo ya sé porque me lo dijo cincuenta millones de veces antes.
Si Naiara entra, el mundo se interrumpe.
Entonces, Naiara entra en la Coope y grita desde la puerta: ¿Y los chicos, Santucho?
El Chinito, que no es Santucho porque Santucho soy yo, le dice: ¿Qué onda, Maca?¿Vos no resgistrás que hay paro? Hay paro, amiga. Hay par…

El Apolonio

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A mí me gusta llamar al perro por todo el nombre. Mis amigos le dicen Apo pero a mí me gusta el nombre entero: Apolonio.
Es el perro de mi viejo. Vino entre las cosas que mi viejo me dejó: una casita de las que la gente llama humildes, en un barrio humilde, un montón de libros porque a mi viejo le gustaba leer y como él no se escabiaba me decía de chico que él si se tenía que emborrachar, prefería las palabras; unas cuantas plantitas, porque donde hay verde hay esperanza, decía también; una moto Honda toda desarmada que nunca terminamos de arreglar mientras él estaba vivo y su visión de cómo son las cosas, donde estaba incluido el perro por eso de que “más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.
Medio poético mi viejo, medio bohemio, medio tarambana; todo medio, según mi vieja y según mi tía: un tarambana, un bohemio, que no entendió nunca que la caridad bien entendida empieza por la casa de uno y no por la de todos los demás.
Para mí era mi viejo. Mi viejo.
Apolonio era un perro …

Orquesta típica

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A veces la cabeza de uno parece un carromato trabado, como un tanque de guerra que se hunde en un lugar blando que no tiene fondo y por eso queda atrapado ahí mientras chirrían en cámara lenta todas las ideas, atascadaa, empachadaa, roñosaa. La cabeza Ees una cosa gorda que se arrastra, hipopotámica ¿Hipopo… qué? Hipopotámica, hipopotamosa, hipopomatosa... digo, repito, busco un sinónimo mientras el Apolonio me olisquea la boca y me lengüetea porque yo estoy todavía en el piso. La cama me quedaba muy lejos cuando llegué y un poco de fresquito venía bien, creo, no sé si fue por eso que me acosté entre las patas de la mesa o el Chino me tiró ahí porque también le pareció que la cama quedaba lejos y le daba lo mismo dejarme en la cocina.
Miro el techo. Está negro de hollín y tiene grasa pegada que también está negra con el hollín justo arriba de la cocina y trepa con manchones por la pared y hace nido en el ángulo con el techo. Miro todo eso y parece un bicho de humo prehistórico que se q…