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Alfajor santafesino

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Cuando me reincorporé al trabajo después de la hepatitis, abandoné el blog. Lo dejé ahí, como si hubiera sido una excusa para cautivar mi aburrimiento y que se distrajera contando las historias de mi alrededor; esas historias en que yo no estaba confinado y podían darme un plus libertario. Andar por ahí, rememorando, volviendo a vivir lo que la hepatitis no me dejaba cambiar por vivencias nuevas, a menos que me pusiera a hablar de cómo se saca jugosa una pechuga de pollo hecha a la plancha.
En el interín desde que Naiara me dijo que me hiciera el blog  en vez de seguir, yo también, el camino de cuadernitos que mojonaron la vida poética de mi viejo —así te lee la gente— , hasta que me diagnosticaron la hepatitis en el día del Campeonato Nacional de taekwon-do (a propósito pareció, aunque yo ya venía piloteando el malestar desde más de una larga semana haciendo como que no me sentía cada vez peor), escribí varias cosas, conocí algunas personas y traté de entender el funcionamiento del …

Cristales de sal

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Cuando Muñoz me llamó por teléfono yo acababa de abrir un paquete de sal gruesa y me había puesto un puñadito en la palma de la mano para salar el arroz.
Uno hace muchas cosas mecánicamente. No se fija. No tiene en cuenta los detalles pequeños, como la forma de la sal gruesa en el medio de la palma. No se detiene en esos materiales de la vida que constituyen lo diario de una construcción monumental en la que todo coexiste sin que necesite de nuestra mirada.
¿Por qué uno debería detenerse en esos fragmentos de estructura vívida que pueden ser los cristales de sal en la mano que quiere salar el arroz o el movimiento de las hojas del malvón, cuando les cae una gota de lluvia? ¿Por qué uno tendría que detenerse en el gorrión que disimuladamente espera las miguitas del pan que se desmiguen del sándwich o en el sonido que hace una hilacha de viento atravesando la hendija que deja la puerta de mala calidad contra el marco que la contiene?
No sé si las otras personas se entretienen en ese ti…

Feroz muchacho de viento

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La verdad es que yo tardé mucho en explorar los cuadernos de mi viejo. Me parecían reliquias sagradas que me costaba tocar y como cada vez que los tocaba me ponía a llorar, lo evité y lo evité y lo evité.
Cuando mi viejo estaba vivo era otra cuestión. Mateábamos juntos, antes de que me fuera a la guardia nocturna que a él tanto lo jodía que yo tomara. No quería que trabajara de noche porque decía que de noche todo es peor y usaba una expresión que me quedó grabada: “de noche, la oscuridad medra” decía, como explicación a su empecinamiento en que yo no hiciera esas guardias. Hasta se chamuyó a Pavón para que no me las diera porque sabía que era yo el que las pedía. “No sé qué carajo quiere demostrar el pendejo este”, me dijo Pavón que le dijo mi viejo, la vez que hablaron sobre mí.
Mientras mi viejo estuvo al frente del Destacamento, era otro cantar. Me mandaba él a las guardias nocturnas que él también hacía (aunque si tengo que decir la verdad, mi viejo vivía adentro del cuartel) p…

Barrio de barro

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Uno siempre se pregunta ¿será la última vez? Porque ya hubo una primera vez y después de esa primera, las cosas se ven de manera distinta, uno se empieza a acostumbrar a que el filo corta pero la herida cicatriza y uno se olvida de que el filo corta.
Dice Naiara —¡qué loca sabia mi flaca!— que la lucha es como el dolor de parto. Te olvidás cuando ves el resultado. Dice Naiara, las conquistas para la gente son hijos y hay que parirlas.
Mi viejo pensaba que solamente son dignas las cosas que se consiguen luchando y mi vieja lloraba de miedo y por eso un día nos fuimos por el fondo y terminamos en la casa de mi tía.

—...pero con todas esas contras son con las que se tiene que hacer algo, si uno es un hombre de enserio. Hay cosas que hay que hacerlas, porque alguien las tiene que hacer. Porque el miedo paraliza y los que están menos paralíticos tienen que pelear por los que están muy paralíticos.
Digo eso y Naiara me aplaude. El mate se sacude en su mano que aplaude. No parece macabra. S…

El Paraíso

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—El Paraíso…¡Qué tiene este barrio de mierda de paraíso, boludo!¿A quién se le ocurrió el nombre, boludo? Decime. Paraíso…paraíso. Nos tomaron para la joda con el nombre del barrio. El Paraíso…Hay que ser ortiba, amigo, para elegirle ese nombre.
—Podríamos considerarlo un eufemismo —digo bajito, como para mí solo y para que después no vengan y me digan que pienso en complicado y que uso palabras raras.
La Macabra tiene los ojos como si fueran de agua, un agua estancada y verdosa que se quedó atrapada en una lata que ahora está oxidada alrededor de ese charquito verde que guarda en su fondo. Lloró tanto que le quedaron oxidados los párpados. Inflados y colorados, atrapando una gota de agua que me mira como si yo tuviera alguna contestación que le estuviera birlando a ella.
No me voy a poner a disertar sobre por qué pasa lo que pasa en un barrio que ya se rebautizó solo porque de Paraíso no le quedó ni el árbol de la entrada. Un día, un camionero que se durmió o que se mandó una mala …

Omertá

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Yo ya sé lo que me va a decir Muñoz después del “sentate, junior”, con el que la mano que antes apretó la mía ahora me indica una silla en el boliche donde siempre nos juntamos “porque hay poca gente, viste pibe?”
A Muñoz le gusta estar tranquilo, ser del montón, “uno más entre la gente”, dice siempre. Si no fuera por los lentes espejados, sería uno más entre la gente como él dice, pero como le gustan los lentes espejados y las camperas de cuero, da una de esas tipologías básicas paralelas casi a las que salían antes en los antiguos libros de Criminología.
Fue compañero de promoción de mi viejo y se respetaban y se querían. Estudiaban juntos para ascender e iban a rendir juntos, aunque siguieran caminos separados “por cuestión de personalidad, viste pibe?” sabe decir, en esas reuniones que tenemos.
—¿En qué quedamos vos y yo, Santucho junior?
Yo no hablo porque espero que empiece con el sermón y él usa el junior porque sabe que me jode que me diga así aunque hace mucho que dejé d…

No haciendo tablas

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Antes de que mi vieja se fuera otra vez a lo de mi tía porque descubrió que con los seis puntos del tajo yo me arreglaba solo, le pregunté si no quería llevarse algún cuaderno de poemas de amor.
—El viejo los escribió para vos —le dije.
Ella me miró y dijo que no con la cabeza. Después, como si hablara con su sombra dijo también: Era medio poeta tu padre. Rodolfo era medio bohemio…
Pensé que mi vieja iba a llorar.
—¿Tenés novia, Santi? —me preguntó, en cambio, como descartando la otra página donde le tocaba llorar por mi viejo.
Le dije que no.
—¿Y qué esperás, hijo?¿No te gusta ninguna chica? —quiso saber, como si la preocupara que me quedara soltero y no pudiera arreglarme con mi vida sin la presencia de una mujer, por ese afán que tienen algunas de pensar que uno es un inútil y que si no están ellas manejando la casa, uno no come, no se baña y termina almorzado por las cucarachas que pululan encima de pilas de platos sucios.
Como me quedé callado para que mi vieja entendiera que e…