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El Paraíso

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—El Paraíso…¡Qué tiene este barrio de mierda de paraíso, boludo!¿A quién se le ocurrió el nombre, boludo? Decime. Paraíso…paraíso. Nos tomaron para la joda con el nombre del barrio. El Paraíso…Hay que ser ortiba, amigo, para elegirle ese nombre.
—Podríamos considerarlo un eufemismo —digo bajito, como para mí solo y para que después no vengan y me digan que pienso en complicado y que uso palabras raras.
La Macabra tiene los ojos como si fueran de agua, un agua estancada y verdosa que se quedó atrapada en una lata que ahora está oxidada alrededor de ese charquito verde que guarda en su fondo. Lloró tanto que le quedaron oxidados los párpados. Inflados y colorados, atrapando una gota de agua que me mira como si yo tuviera alguna contestación que le estuviera birlando a ella.
No me voy a poner a disertar sobre por qué pasa lo que pasa en un barrio que ya se rebautizó solo porque de Paraíso no le quedó ni el árbol de la entrada. Un día, un camionero que se durmió o que se mandó una mala …

Omertá

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Yo ya sé lo que me va a decir Muñoz después del “sentate, junior”, con el que la mano que antes apretó la mía ahora me indica una silla en el boliche donde siempre nos juntamos “porque hay poca gente, viste pibe?”
A Muñoz le gusta estar tranquilo, ser del montón, “uno más entre la gente”, dice siempre. Si no fuera por los lentes espejados, sería uno más entre la gente como él dice, pero como le gustan los lentes espejados y las camperas de cuero, da una de esas tipologías básicas paralelas casi a las que salían antes en los antiguos libros de Criminología.
Fue compañero de promoción de mi viejo y se respetaban y se querían. Estudiaban juntos para ascender e iban a rendir juntos, aunque siguieran caminos separados “por cuestión de personalidad, viste pibe?” sabe decir, en esas reuniones que tenemos.
—¿En qué quedamos vos y yo, Santucho junior?
Yo no hablo porque espero que empiece con el sermón y él usa el junior porque sabe que me jode que me diga así aunque hace mucho que dejé d…

No haciendo tablas

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Antes de que mi vieja se fuera otra vez a lo de mi tía porque descubrió que con los seis puntos del tajo yo me arreglaba solo, le pregunté si no quería llevarse algún cuaderno de poemas de amor.
—El viejo los escribió para vos —le dije.
Ella me miró y dijo que no con la cabeza. Después, como si hablara con su sombra dijo también: Era medio poeta tu padre. Rodolfo era medio bohemio…
Pensé que mi vieja iba a llorar.
—¿Tenés novia, Santi? —me preguntó, en cambio, como descartando la otra página donde le tocaba llorar por mi viejo.
Le dije que no.
—¿Y qué esperás, hijo?¿No te gusta ninguna chica? —quiso saber, como si la preocupara que me quedara soltero y no pudiera arreglarme con mi vida sin la presencia de una mujer, por ese afán que tienen algunas de pensar que uno es un inútil y que si no están ellas manejando la casa, uno no come, no se baña y termina almorzado por las cucarachas que pululan encima de pilas de platos sucios.
Como me quedé callado para que mi vieja entendiera que e…

Album de fotos

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En la secundaria uno la va de piola pero es medio gil.
La adolescencia es una etapa jodida en que a la vez sos más grande y más chico de lo que parecés, todo al mismo tiempo y depende quien te mire. Tenés algunos que son los rapiditos, esos que se las saben todas y pareciera que manejan el mundo de taquito. Cuando te los encontrás después de unos años, ellos son los pobres giles sin rumbo y vos, que eras el calladito que no se metía en los bardos y que miraba todo desde afuera, sos un tipo hecho y derecho. Al final terminan reconociendo lo piola que vos eras en la secundaria que compartían y qué habilidad tenías para negociar con la dirección (gracias al buen concepto que tenías ganado), en nombre de todo el curso.
Callado no fui nunca. Solamente supe cuando hablar y no todas las veces supe cuando callarme a tiempo, después de haber abierto la boca. Pero eso no lo pude aprender ni siquiera ahora. A veces el Chinito en la Coope me tiene que decir: ¡ya está bien, Santi, cortala! porqu…

Territorios

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Naiara entró a la escuela cuando yo estaba ya en cuarto año y a ella la agarró la Ley Federal de Educación y terminó haciendo el Polimodal.
Su hermano mayor y yo, en cambio, fuimos de la última camada de técnicos que salió de la escuela antes de que Menem terminara de enterrar la educación. Fuimos los últimos, aunque el Eze se colgó con las previas y nunca terminó el sexto año, porque los técnicos teníamos que hacer seis años de secundaria.
La escuela esa era la única cerca del barrio y yo creo que salvando algunos que iban a las escuelas del centro, la mayoría de nuestros padres la vio como una opción potable que servía como una apuesta a nuestro futuro porque salíamos con un título de técnico debajo del brazo y podíamos entrar a trabajar. Cuando la eligieron, nadie se imaginó la catástrofe educativa y de toda clase que se vino después.
Aunque tuve la posibilidad de cambiarme a alguna escuela del centro, yo preferí seguir ahí, que aunque fuera de las técnicas una de las más pobrec…

Madre hay una sola (menos mal...)

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Mi vieja ya había empezado a gritar en la calle, adelante de la reja y sin esperar que yo mandara a la cucha a Apolonio y le abriera la puerta a ella.
Gritaba desde afuera, levantando la mano retadora con la que me supo correr a chancletazos cuando yo me mandaba una cagada porque para ella y sobre todo para mi tía, las mías no eran travesuras sino cagadas, por culpa de la herencia paterna que formaba la mitad de mí y por culpa de que ¡los varones son terribles! Como yo corría y mi vieja nunca me alcanzaba para chancletearme a gusto, a veces se contentaba con tirarme la chancleta como un arma de esas arrojadizas, que tampoco llegaba a destino y gritarme: ¿Santiago Santucho, eso te enseñó tu madre? ¡Sos un mal aprendido!
Mi tía le hacía el coro.
Ahora, desde la puerta, mi vieja exigía como vecina barriera: ¡Santiago Santucho, abrile la puerta a tu madre, querés!
Apolonio se fue a la cucha solo, como si entendiera que la autoridad de aquella mujer que gritaba desde la vereda era tan pod…

El Principal

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Cuando Carmelo apareció con ese mate de metal envuelto en goma eva de color rosa, todos nos quedamos mirando lo que parecía un tulipán de plástico que el sargento había ido a comprar al chino, cuando todos por fin coincidimos en que el porongo anterior estaba rajado y aunque le teníamos un cariño de hermano en la mala, una ronda con él era un enchastre. Le hacíamos el aguante al mate solamente porque siempre estuvo con nosotros. Parecía eterno hasta que se rajó. El jefe lo puso en la repisa de los reconocimientos, al lado de las plaquetas de honor al mérito y de las copas de fulsal y de truco. El mate rosa era un bajón. Todos lo mirábamos torcido, porque era rosa. ¿Celeste no había? fue lo que preguntamos todos y después barajamos otros colores. Carmelo, imperturbable, dijo: Era ese o uno de vidrio forrado, con corazones y besitos, también rosa. Elegí el más sobrio.
—Hay que quejarse con el chino ¿Cómo no se le ocurre un poco de variedad?
—Será daltónico.
—Es chino. No entiende una …