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Calle Salta

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Yo no hablo de mi hermana. Me acostumbré así. A veces no estoy seguro de si tuve una hermana porque como nadie hablaba ni habla de ella, es como una ficción, algo que nunca estuvo y que sigue sin estar o que solamente está en mi imaginación y en la realidad es un agujero, un espacio que no tiene nada, algo que todos decidieron sacar de la foto esa en la que tampoco se la ve.
Yo me crié como hijo único que vive la unicidad agarrado en el halo de un fantasma que lo acompaña a todos lados y que provoca que los demás hagan cosas porque el fantasma está ahí.
Fui un hijo único que no era único porque andaba de la mano con la sombra de mi hermana, una sombra que todos veían menos yo que no me acuerdo de ella aunque sé que me llevaba seis años y que tenía ojos claros como mi papá y pelo claro como mi papá. Eso me lo contó él un día en que le pregunté, cuando empezamos a tener conversaciones de padres e hijos, pero no dijo nada más que eso y yo no dije nada más tampoco porque me di cuenta de…

Re-saqueado

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—No me gusta verte así, chabón. Estás hecho bolsa.
No la escuché llegar a la Macabra y hasta que no le dio un manotazo a la botella que hizo un ruido bárbaro al caerse no registré que ella estaba conmigo, porque yo tenía los ojos cerrados y no me había sacado ni el uniforme.
Apolonio no dijo ni mu. Por ahí entendió que la Macabra eran refuerzos que le caían del cielo.
—El correntino me dijo que viniste escabiado, que te vio re escabiado cuando se cruzaron ¿Problemas de laburo, Santu? Te pega mal el chupi a vos igual que a mi viejo, amigo. Vos sabés que te pasa eso, amigo, pero no te rescatás.
—La cagué.
—Siempre que te escabiás la cagás, Santucho.
—La cagué mal pero si me preguntás qué me pasó, no te lo puedo explicar porque no sé ni yo, amiga. De verdad que no sé, Maca. La cagué con un tipo del que me hubiera gustado ser amigo y no sé ni qué me pasó ni por qué la tuve que cagar.
—Es porque te escabiás, Santu. Es fija que la cagás. Vos sabés que no tenés que tomar porque te pega mal…

Diferencias hechas con cosas que se parecen

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El Chinito me dice: ¿Ves?¿Ves? Vos sos igual que la Macabra, siempre marcando la cancha, siempre diciendo que las cosas son como ustedes dicen que son, siempre marcando agenda para esto y para lo otro y uno la verdad se siente un boludo porque nunca se le ocurren las ideas que se les ocurren a ustedes.
El Chinito grita tanto que yo le veo la cara al Apolonio, porque el Apolonio va poniendo caras de acuerdo a lo que escucha y entonces le digo: cucha, cucha. Y el Chinito me mira con cara de ojete y me dice: ¿Cucha?¡¿Cucha yo?
—Al perro le digo, pelotudo…Si querés seguir a los gritos lo dejo que te morfe.
El Chinito dice ah… y sigue con lo que me está diciendo y que yo ya sé porque me lo dijo cincuenta millones de veces antes.
Si Naiara entra, el mundo se interrumpe.
Entonces, Naiara entra en la Coope y grita desde la puerta: ¿Y los chicos, Santucho?
El Chinito, que no es Santucho porque Santucho soy yo, le dice: ¿Qué onda, Maca?¿Vos no resgistrás que hay paro? Hay paro, amiga. Hay par…

El Apolonio

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A mí me gusta llamar al perro por todo el nombre. Mis amigos le dicen Apo pero a mí me gusta el nombre entero: Apolonio.
Es el perro de mi viejo. Vino entre las cosas que mi viejo me dejó: una casita de las que la gente llama humildes, en un barrio humilde, un montón de libros porque a mi viejo le gustaba leer y como él no se escabiaba me decía de chico que él si se tenía que emborrachar, prefería las palabras; unas cuantas plantitas, porque donde hay verde hay esperanza, decía también; una moto Honda toda desarmada que nunca terminamos de arreglar mientras él estaba vivo y su visión de cómo son las cosas, donde estaba incluido el perro por eso de que “más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.
Medio poético mi viejo, medio bohemio, medio tarambana; todo medio, según mi vieja y según mi tía: un tarambana, un bohemio, que no entendió nunca que la caridad bien entendida empieza por la casa de uno y no por la de todos los demás.
Para mí era mi viejo. Mi viejo.
Apolonio era un perro …

Orquesta típica

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A veces la cabeza de uno parece un carromato trabado, como un tanque de guerra que se hunde en un lugar blando que no tiene fondo y por eso queda atrapado ahí mientras chirrían en cámara lenta todas las ideas, atascadaa, empachadaa, roñosaa. La cabeza Ees una cosa gorda que se arrastra, hipopotámica ¿Hipopo… qué? Hipopotámica, hipopotamosa, hipopomatosa... digo, repito, busco un sinónimo mientras el Apolonio me olisquea la boca y me lengüetea porque yo estoy todavía en el piso. La cama me quedaba muy lejos cuando llegué y un poco de fresquito venía bien, creo, no sé si fue por eso que me acosté entre las patas de la mesa o el Chino me tiró ahí porque también le pareció que la cama quedaba lejos y le daba lo mismo dejarme en la cocina.
Miro el techo. Está negro de hollín y tiene grasa pegada que también está negra con el hollín justo arriba de la cocina y trepa con manchones por la pared y hace nido en el ángulo con el techo. Miro todo eso y parece un bicho de humo prehistórico que se q…

Naranja amarga

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Estuve un buen rato revisando la pilcha como si de verdad tuviera mucha y para darme cuenta de que es tan poca que casi no se puede combinar sin salir siempre con lo mismo.
Yo no sé por qué apostarle a las camisas me hace acordar de tu nombre y cuando miro una y miro otra a ver cuál puede ser que te guste a vos, tu nombre, Naiara, se me deshace en la boca como un caramelo toffee. Se me impregna en el gusto. Me avasalla la lengua. No puedo ni decirlo y mientras lo pienso, pienso también qué camisa puede gustarle a una mujer que se llama Naiara. Qué camisa en un tipo que se llama Santiago, le puede gustar a una mujer que se llama Naiara, como un nombre todavía más difícil que una mujer.
Pienso que no escribo. Pienso, solamente, porque el Chinito está faseando en la puerta. Lo mando afuera a fumar y él obedece. Pone cara de Apolonio y obedece, así que Apolonio y él se quedan en el patio mirando las estrellas mientras yo elijo la camisa que te puede gustar.
Todos saben que cuando te cop…

Lunar

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Erótica lunar
Yo quería escribirte un poema que un día alunará tu figura de piel en las paredes con la forma de un gato sideral luna penumbra, un goterón de luz entre lo más oscuro como un golpe, raya de luna blanca en el creciente invadiendo tus labios y oliendo a noche iluminada. Luz de luna cortándote la sombra y tu meneo como un chasco de agua que te empapa toda la noche que cabe entre tus ojos.
Fugada hija de la luna y luna de mi cama yo me voy apagando en tu marea, regencia de agua blanca que derriba al sol

encima de tu piel.

La cara del Chinito lo dijo todo y estuvo un rato con esa cara extraña, como de no saber qué decir ni nada, así, mirando.
Después apuró su jarrita de birra, como si el pastor de su templo le estuviera reclamando algún pecado que él tenía guardado debajo de pilas de piedras o le estuviera pidiendo que por qué no le dejaba el diezmo que correspondía en vez de medio diezmo.
Me preguntó si el poema era mío y le dije que no, que lo había copiado porque me había gustado. Yo s…